La falacia del españolismo
¿Qué es el españolismo? ¿Es insulto o descripción histórica? ¿Españolista es sinónimo de facha? ¿Se puede ser españolista y demócrata?
En este país de insultos, donde expresiones como “qué cabrón eres” pueden ser una manifestación de afecto, a menudo caemos en la barbaridad de calificarnos unos a otros por medio del improperio. En el terreno político lo habitual venían siendo expresiones del tipo facha, rojo, progre, etc. Últimamente la cosa está cambiando: de la clásica dualidad de las tradicionales dos Españas pasamos al enfrentamiento territorial. Y ahí aparece el españolismo como expresión máxima de la maldad española.
Cabe suponer que, en su sentido peyorativo, tal como se usa (se arroja) desde el nacionalismo, españolista no es quien defiende una cierta idea de España, sino quien no reconoce la existencia de otras realidades al margen de ella. Así, sería españolista aquel que negara el ser nacional de Cataluña, del Bierzo, del País Vasco o del Valle de Arán. Repasemos algunos datos a partir de esta premisa.
Durante los largos años del franquismo, quienes estuvieron en primera línea del enfrentamiento con el régimen procedían de dos sectores muy concretos: los hijos de los vencedores del 36 y los comunistas. Para quien crea que esta es una afirmación gratuita, y sobre todo para los insultadores ignorantes, tan frecuentes en la red, tan descarados a la hora de escribir comentarios sin el menor rigor, dejemos constancia de un par de referencias de actualidad que no proceden precisamente de la derecha: Santos Juliá, Historias de las dos Españas, y Pere Ysàs, La lucha del régimen franquista por su superviviencia.
Unos desde dentro del propio sistema, los otros enfrente, los hijos de los vencedores y los comunistas de la clandestinidad pusieron los cimientos de una sociedad que, con los años, escaparía al control del régimen. Y salvo contadísimas y honradas excepciones, a los nacionalistas ni se les veía por aquellos andurriales ni se les esperaba.
Pero en los últimos días de la vida de Franco y en el breve tiempo que transcurrió entre su muerte y el referéndum de la Constitución, sucedió con los nacionalistas lo que con las setas cuando el año es bueno: aparecieron por doquier. Después de décadas de colaboración con el franquismo, insignes personajes del régimen destapaban el tarro de las esencias nacionales (cada cual el suyo) y proclamaban sus creencias nacionalistas denunciando una persecución magnificada hasta extremos ridículos y ejercida en buena medida con su gustosa colaboración.
En aquellos pocos años, los nacionalistas supieron aprovechar muy bien la ingenuidad de una izquierda que se creía llamada a una revolución histórica y la mala conciencia de una derecha que se consideraba culpable de tantas cosas. Y sobre todo supieron aprovechar muy bien la calle. La más famosa y numerosa manifestación de Barcelona (llibertat, aministía, estatut d’autonomía) pasó enseguida a interpretarse no como una reclamación de democracia, sino como una reivindicación de carácter nacional.
En la redacción del texto constitucional, izquierda y derecha siguieron dando muestras de una insólita candidez y creyeron sinceramente el compromiso que expresaron aquellos nacionalistas entusiastas de su causa, que decían tener tras ellos a pueblos enteros. Los nacionalistas ofrecieron su lealtad al nuevo sistema democrático a cambio de que se desmontara el país más centralizado del mundo, Francia incluida. Así se hizo y nació una Constitución que amparaba las autonomías y las dotaba de atribuciones bastante similares a las de los estados federales. El tiempo ha hecho el resto. El tiempo, la torpeza y la posibilidad de controlar ámbitos como la educación desde los gobiernos autonómicos.
Lo curioso es que, treinta años después de todo aquello, los nacionalistas han vuelto a las andadas y plantean hoy exactamente lo mismo que en el 77 y, para mayor escarnio, con los mismos argumentos. ¿La justificación? Algo así como: nada es eterno. Y poco más.
Han crecido. A la muerte de Franco no contaban y tuvieron que ser los otros quienes les echaran una mano. Pero durante estos años han sabido aprovechar los recursos que el sistema, Constitución y leyes electorales incluidas, les ha proporcionado.
Han iniciado una nueva fase, que requiere nuevas armas. No les es posible crecer más a mayor velocidad porque, finalmente, a la hora de votar sale lo que sale, de modo que ha aparecido un nuevo término en la jerga política: el españolismo, el arma nueva.
Los nacionalistas no son nacionalistas. Se trata tan solo de pacíficos y mayoritarios grupos de ciudadanos demócratas que se afanan por trabajar y sobrevivir como pueden ante una situación adversa: la vampirización a que les somete una cosa llamada España. El españolismo es el arte de sacarles los cuartos y tenerles sometidos. Queimada, la isla de la gran película de Pontecorvo, es Cataluña y el País Vasco, y el Reino Unido es España. Ellos no son nacionalistas, son tan solo víctimas de la Historia. El verdadero nacionalismo, el peligroso, el que se debe aislar y perseguir, es el de aquellos que defienden que las cosas sucedieron de otra manera.
El fundamentalismo de que hablaba Zapatero hace unos días parecía hacer referencia al PP. Sin embargo uno no termina de ver masas enfervorecidas de españolistas tras su “ikurriña”, o pregonando su “diada” nacional. A decir verdad, el único fundamentalismo que se aprecia en este terreno en España procede de los nacionalistas.
Pero es que incluso si nos referimos al PP, nadie en su sano juicio (y libre de la estupidez ignorante del pensamiento único, que rechaza de plano la discrepancia) puede decir que su programa sea esencialista en lo que a territorio se refiere. Salvo que se califique de fundamentalismo opinar que la Constitución, en su redactado actual, es válida, o que el nivel de competencias de los estatutos y el sistema de financiación (votado por todos los partidos hace unos pocos años) son los adecuados. Se puede estar en desacuerdo, pero calificar tales posturas de fundamentalistas resulta ridículo cuando enfrente se tiene el permanente espectáculo montado desde los nacionalismos. Si se tacha de fundamentalista la defensa del lenguaje jurídico constitucional (el concepto de nación, por ejemplo), ¿cómo habría que calificar el numerito lingüístico con que nos han obsequiado últimamente nacionalistas y socialistas? ¿Y su pulsión deportivo-patriótica?
Yo soy españolista. Asumo el insulto. Lo adopto. Porque creo que los derechos y las obligaciones se refieren siempre a las personas y son los ciudadanos quienes los ejercen, jamás los territorios. Creo que las leyes (y también la financiación) se basan en el individuo como tal, no en cuanto a su pertenencia a un territorio. Soy españolista porque tengo una serie de derechos amparados por la ley en tanto que ciudadano. Mis derechos son mios, no pertenecen al territorio en el que vivo. Soy españolista porque sustituir en el sistema de valores el individuo por el grupo es la puerta que ha abierto todos los totalitarismos.















Yo me cago en todos estos peleles que se creen q solo sus nacionalismos son progres y tienen derecho.
a fuerza de repetir su discurso, bandera, lengua.... No se dan cuenta que toda españa tiene una identificación mucho mayor de la q todos estos se empeñan en negar.
Quieren identificar españa con algo peyorativo y no se cansan de llamarnos fachas, relacionarnos con franco q hace ya 30 años q ese personaje ya no existe.
a ver si os enterais.
Publicado por:Español | lunes 22 de noviembre de 2004 a las 12:54
Tengo antepasados vascos, nací en Castilla (la vieja de antes, la Leonada de ahora), me crié en Galicia, y desde hace 23 años me considero mas Valenciano que otra cosa.
Me parecen ridículos fósiles centrados en su propio ombligo, a todos estos pequeños nacionalistas, buscando fantasmales amenazas externas a sus intentos de dominio, unas veces con honrados, pero erróneos conceptos de historia, "avasallamiento" y demas falacias, y otras, las mas, por intereses personales, electorales y de subvenciones.
Como dicen Ugarte y Del Toro en "periodista digital", a todos estos prehistóricos nacionalistas, la nueva sociedad de la Red les explotará ante su cara sin haberlo visto venir.
Publicado por:Gustavo Alberto Navarro Bilbao | miércoles 24 de noviembre de 2004 a las 11:43
Amigo de "bye bye spain", te has especializado en los nacionalismos y en verdad que sobre ellos escribes con una sensatez y claridad admirables, sin olvidar que tu lenguaje es realmente de primera fila. Yo te veo como un auténtico liberal, porque sin duda se puede ser liberal y español, o españolista como tú afirmas, y por eso te invito a que de vez en cuando repases nuestro grupo de bitácoras denominado RedLiberal.com, donde encontrarás algunos complementos a lo que tú escribes. Sinceramente, mi más cordial enhorabuena por esta página, que no dejo de repasar a menudo.
Publicado por:Policronio | sábado 27 de noviembre de 2004 a las 11:11
Yo soy español, anticatolico, liberal (con mi parte de conciencia social, ojo), proeuropeo (hasta q nos perjudique) y federal.
Toma yaaaaa.Me hubiese tenido q pirar de aqui con franco.Soy un español bastardo.Me la suda.El caracter tradicional español me parece asqueroso y merece su desaparicion total.
Publicado por:nacho val | lunes 3 de enero de 2005 a las 0:13
Opino lo mismo sobre el carácter español. Da pena, repito que pienso que somos de segunda clase, mirándonos al ombligo.
¿Y por qué no nos ponemos a hablar en latín?
Si los gobiernos históricamente han intentado unir las Españas, tanto los castellanos como los aragoneses. Miren sino ya Felipe II o los reyes católicos. Antes bajo el cristianismo, ahora bajo la globalización.
Los territorios de la península ya en época de los romanos eran considerados socialmente como hispanos, como una cultura común.
Ahora nos llegan los progres que dicen que no, que el hombre de Cromagnon casi hablaba catalán o esukera. Ya será menos.
¿Pero cómo se pueden gastar los políticos nuestro dinero en discutir estos asuntos?
¿Que hay una identidad propia de aragón y cataluña? Claro. En mi casa, cada uno también tiene su identidad y no intento crear una casa-estado, que es una estupidez en los tiempos que corren.
¿Que esa identidad regional está reflejada en la Constitución y en los estatutos? Pues vaya que sí.
Publicado por:El navegante | sábado 5 de noviembre de 2005 a las 1:33