Según la visión que de la Historia y la lengua tienen ahora el Gobierno y del PSOE, da igual como llamemos a las cosas, no sea que caigamos en fundamentalismos. Es decir, las palabras no son lo que representan, sino la intención que suponemos en quien las pronuncia.
¿A un país o a una región da igual llamarlos nacionalidad, nación, pueblo, comunidad nacional, manganeso o lo que sea? El término nacionalidad tal como está recogido en la Constitución y que fundamenta el actual Estado autonómico, no existe en el idioma castellano. Es una fabulación política que la última edición del DRAE recoge en su acepción constitucional pero que constituye un error gramatical. Nacionalidades son la estadounidense, la afgana, la rusa o la andorrana. No así la gallega. Pero nuestro sistema político consagró el error y con él vivimos.
Ahora vamos a dar un paso más: España será una nación de naciones. Se trata de otra majadería de la neolengua que, al estilo de la orwelliana de 1984, estamos creando con el patrocinio del social nacionalismo gobernante. Solo que olvidamos voluntariamente un hecho: si España es una nación de naciones, no puede ser una nación (porque todavía no es un continente, ¿verdad?, ni nada parecido). Lo dijo Jordi Pujol hace unos años:
“Mientras que Cataluña es una nación, España no lo es. Decir que España es una nación de naciones es una vaguedad. Si Cataluña, Euskadi o Galicia son naciones, es difícil que el estado que las contiene también lo sea.”
Impecable razonamiento. O las unas son regiones o la otra no es nación. Otra trampa de la neolengua.
“¿Pasa o no pasa algo con decir «nación» donde se decía «nacionalidad»? Como el artículo 2 afirma que «la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española», y luego garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran, entonces, al sustituir «nacionalidades» por «naciones», se estaría afirmando que España es una nación de naciones (y regiones). Cosa posible, no contradictoria en sí, pero, muy probablemente, falsa. Europa sí puede entenderse como una nación de naciones, pero no Italia, Francia, Alemania o España. Por otra parte, como la nación tiende a configurarse como poder constituyente, la aplicación del término a Cataluña o Extremadura entrañaría el reconocimiento de que poseen poder constituyente y, por lo tanto, la Constitución ya no descansaría en la indisoluble unidad de la Nación española. Mas, como éste es su fundamento, el cambio de una sola palabra, miren por dónde, entrañaría no una mera reforma parcial sino su reforma total, en suma, su destrucción, y su sustitución por otra radicalmente distinta. Vean si tienen poder las palabras. Habrá quienes repliquen que reconocer el carácter nacional a partes de España no entraña de suyo la ruptura de la unidad nacional. No como hecho, pero sí como posibilidad. Si existen varias naciones, la única forma de mantener la unidad sería mediante un Estado federal, por lo demás, dependiente de la decisión soberana de las naciones, al menos en la versión del PNV. Por otra parte, ni siquiera esta destrucción de la Constitución satisfaría las exigencias nacionalistas, al menos las de los más radicales, pues no admiten que España sea una nación de naciones.”Ignacio Sánchez Cámara, Nación (ABC, 23 noviembre 2004).
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A cada cual lo suyo: el término orwelliano de neolengua aplicado al lenguaje manipulador de los nacionalismos se debe al siempre brillante Jesús Láinz. Se puede leer en Textos sobre nacionalismos > La manipulación del lenguaje.










