Los mayores esfuerzos en la creación de la neolengua nacionalista se lo lleva la deconstrucción del término nación (española, claro).
A la hora de cambiar el curso de la Historia y alterar los hechos del pasado para hacerlos coincidir con los intereses del presente, tarea en la que se empeñan con entusiasmo los social nacionalistas de nuestros varios tripartitos, buena parte de la clave reside en el término nación.
Tras la inicial manipulación de esa palabra en el texto constitucional, que recoge el término nacionalidad referido a una región, las cosas han venido rodadas para los nacionalistas. Pero ahora, en plena revisión de la Historia, un proceso al que denominan “segunda transición”, es preciso dar un paso más. El objetivo último es la desaparición de la idea de que España es una nación, puesto que lo son sus regiones.
Tomando como punto de referencia la afición futbolística del presidente del Gobierno, Raúl del Pozo aborda la cuestión:
"Los esfuerzos del zapaterismo para convencernos de que no pasaría nada si una comunidad autónoma se denominara nación nos recuerdan los razonamientos de los escolásticos para lograr la exaltación de la usura. Nación y nacionalidad son dos vocablos parecidos pero no equivalentes. Nacionalidad es una ñoñez; viene del título de un libro de Pi i Margall y de las trampas de la Transición. Nación es el conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno. La nacionalidad sólo se refiere al carácter peculiar de los pueblos e individuos de una nación. No es igual la sustancia que la calificación, el núcleo que la calidad. El zapaterismo, para desactivar la tensión política, para que los independentistas se distraigan con la retórica, la semántica y la mordida, les da largas, les recuerda que César era leonés. Comprende que para que Cataluña forme parte de la nación española hay que impulsar la coexistencia interna, la lealtad constitucional. Lo malo es que su Gobierno depende de ellos y eso es como si un prostíbulo dependiera de los predicadores. Entiende la España plural como una sofisticada y creativa nueva sociedad. Pero ya nos sugirió Ortega que el rechazo que sentimos catalanes y castellanos es parecido al que sienten un hombre o una mujer cuando es condenado a vivir con quien no ama. «Siente las caricias como un irritante roce de cadenas». Las caricias de Zapatero a los catalanes, la promesa de que van a ser nación en el nuevo estatuto, las perciben como un irritante roce de cadenas." Raúl del Pozo, Zapatero culé (El Mundo, 24 noviembre 2004).
Francisco Rodríguez Adrados, miembro de las reales academias de la Historia y de la Lengua, muestra en un brillante texto de carácter más científico cómo se altera toda la realidad cambiando el sentido de una sola palabra:
“«Nación» viene de «nacer», aparece en castellano desde fines del siglo XIV para indicar un «conjunto de personas del mismo origen» (acepción 3 del Diccionario, pero es la más antigua). Se usó, sobre todo, en traducciones del Evangelio y de las literaturas griega y latina: «la nación de los medos», «la nación germánica»... Nada de esto tenía sentido político.
”Lo cobró con la Revolución Francesa: en su nuevo vocabulario, «la nación» es el pueblo políticamente unido en un Estado. Es la acepción 1 del DRAE («conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno»). Entonces, cuando los nacionalistas piden que se reconozca a Cataluña como nación, están metiendo en «nación» un sentido inadecuado. Nunca fue «nación» en ese sentido: ni con el condado de Barcelona ni con el reino de Aragón. Buscan que exista, eso sí. Pero la base histórica falla. Pues que se fastidie la historia: inventemos lo que nunca existió, pongámoslo a funcionar ahora.
”Ya hubo tentativas: la Constitución solo habla de una «nación», la española, pero (art. 2) habla de las «nacionalidades y regiones» que la integran. Sin duda fue una transacción. Desde que la palabra aparece en Gracián, tiene sensiblemente iguales sentidos que «nación»: de «pueblo» o, más tarde, de «estado constituido», tales Portugal o España, más algunos derivados de este («la nacionalidad española», etc.) En España, como mucho, el historiador Vicente de la Fuente hablaba en el siglo XIX de dos nacionalidades, Castilla y Aragón. No se mencionan otras.
”En fin, «nacionalidad» fue un tanteo, ya en la Constitución, para rehuir «nación». Ahora la vicepresidenta dice que qué más da. Pero el cambio semántico anticipa el cambio político.
”Sí es más antiguo el uso de «nacionalista» y «nacionalismo», desde comienzos del siglo XX hablando de Cataluña y el País Vasco. Fueron términos tomados en préstamo de movimientos independentistas europeos y americanos: los que creaban o intentaban crear «naciones» con base histórica o sin ella. Aquí la Constitución, con razón, evitó «nación» con ese sentido, como incompatible con la unidad de España. Introducirla ahora es cándido: es un primer paso, van a lo que van.
”Se pretende, pues, la ceremonia de la confusión: todos somos «naciones». Pero en sentido político no es así, en él, en la Constitución, la nación es España.
”Mal síntoma tanta confusión interesada, procedente de una campaña que usa la lengua como instrumento político. Un pasado inexistente se usa para propiciar un futuro. Y hay muchos que se suman de un modo u otro a la confusión. Pero entregar trozos nuevos de semántica es entregar, a la larga, trozos nuevos de soberanía.
”La «cultura» es otra palabra de fronteras artificialmente confusas. Era el «cultivo» de la mente y el carácter, había hombres cultivados o cultos. Por varias circunstancias resulta que en «cultura» las enseñanzas regladas, digamos, ya apenas caben. Entran las artes, sobre todo en relación con el espectáculo. Y más que los grandes escritores, entran los actores y directores, a ser posible con un tinte progre. «La cultura» tiende a hacerse una especie de guía u ortodoxia. Un instrumento.
”La verdad, el destino de esta palabra es preocupante: cada día se vacía más de contenido, cada día se aleja más de nuestra gran tradición. Salvo para centenarios, festejos, premios y varias frivolidades. El trabajo de creación intelectual y de las Humanidades, unido a la crítica, a la historia y al pasado, queda en la sombra. Este concepto de «cultura» va uniéndose al de «lo correcto» o a una parte de ello. Lo «políticamente correcto» es, como el «género» y otras varias cosas, imitación de cierto progresismo americano. O sea: un cierto pensamiento, que no tengo espacio para describir, pero que ustedes adivinan, es el correcto. Una vez más, un grupo se coloca en el centro, el que discrepe se hace marginal. Con solo cambiar el sentido de una palabra.” Francisco Rodríguez Adrados, Palabras como chicles (ABC, 24 de noviembre de 2004)










