Es propio de imbéciles declarar el boicot a Madrid 2012 desde la Generalidad catalana. Casi tanto como boicotear el cava a modo de represalia.
Se entiende el cabreo, el hartazgo mayúsculo de una ciudadanía que solo ve peticiones, exigencias, reclamaciones, rendiciones incondicionales, pero jamás un gesto solidario, un signo de cordialidad, una palabra de colaboración. Es perfectamente comprensible ese primer impulso: ¡Este año, ni una botella de cava! Son ya muchos años contemplando de qué poco sirven los esfuerzos por acordar, por consensuar, por mantener unas reglas del juego comunes e iguales para todos. Pero no se puede trasladar ese cabreo a quien no tiene ninguna culpa.
No parece demasiado decente tratar de fastidiar a quien se esfuerza con su trabajo para salir adelante, para crear empleo y riqueza y para proporcionar bienestar al país. ¿Qué culpa tienen los elaboradores de cava de que un insensato tenga patente de corso en la Generalidad catalana?
No es sensato boicotear el esfuerzo de un compatriota. Hacerlo es cargar de razones a quienes quieren que unos y otros nos enfrentemos, es alentar su discurso victimista: ¿Lo veis? ¡No nos quieren!
Boicotear el cava catalán es, sobre todo, hacer pagar a justos por pecadores. A Carod-Rovira y a cuantos son como ese extravío de la política hay que combatirlos con argumentos y con votos, no con mezquinas rabietas, con campañas absurdas o con improperios e insultos, elementos todos ellos propios precisamente de nacionalistas.
Empresarios de Cataluña culpan a Carod de que se hayan anulado pedidos de cava










