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martes 25 de enero de 2005

Democracia etnicista

La secesión "amable" de Ibarretxe se presenta como la única fórmula democrática para resolver el supuesto "conflicto" vasco.  Pero recurrir a referendos no es garantía de mayor demoracia.

No hace falta recurrir al ejemplo de Hitler, que llegó al poder invocando la legitimidad de unas elecciones democráticas ganadas en las urnas, para descubrir que, en algunas ocasiones, la aplicación de métodos democráticos pervierten en sentido de la democracia.

Analiza esta manipulación de la democracia el profesor Antonio Elorza:

"La demagogia tiene sus leyes, y nuestro hombre [Ibarretxe] las cumple palabra a palabra, gesto a gesto, consistiendo la principal en forjar un discurso maniqueo, donde el comportamiento agresivo propio es presentado como su contrario (la ruptura y la discriminación convertidas en «amable convivencia», al modo en que los nazis llamaban 'cosecha de otoño' a la captura de judíos para el exterminio o ETA 'alternativa democrática' al imperio del terror), mientras al oponente que actúa según la ley le es asignado el sambenito de responsable de la estructura de violencia, esto es, de las futuras 'tortas'. Se trata de un permanente ejercicio de descalificación del otro, aludido siempre en forma despectiva (ejemplo: el Parlamento español pasa a ser 'PP y PSOE'), así como de cuanto suponga una defensa del ordenamiento constitucional y estatutario hoy vigentes (a los que se opone, polo positivo, «la libre decisión de los vascos y de las vascas»). Estamos ante un tipo de erosión del lenguaje democrático practicado hasta la saciedad por el Gobierno vasco en los últimos cuatro años con óptimos resultados. No hace falta dar gritos ni llevar botas altas para asumir las técnicas de inversión del lenguaje y de destrucción de la imagen del adversario político que patentaron los adversarios de la democracia en el primer tercio del siglo XX.


"Y frente a la demagogia, desenmascaramiento. En el caso que nos ocupa, conviene sacar a la luz el entramado de falacias en que se sustenta la supuesta legitimidad democrática del proyecto Ibarretxe. Ante todo, resulta preciso recordar que si bien el voto es un componente fundamental del procedimiento democrático, la existencia de una votación, incluso por sufragio universal y técnicamente 'limpia', no es en si misma garantía de democracia. De entrada, una votación, de referéndum o electoral, no puede contravenir el marco legal en que va a tener lugar, si el mismo corresponde a un Estado de Derecho, tal y como sucede en esta ocasión. Ha sido una práctica tradicional de movimientos totalitarios y autoritarios recurrir al voto para legitimar una posición de poder antidemocrática y proceder a la eliminación de las instituciones legales. A esa categoría corresponde el plebiscito de tipo napoleónico, organizado por Juan José Ibarretxe sin respaldo constitucional, a partir de un derecho de autodeterminación no reconocido en constitución europea alguna ni regulado entre nosotros. Es un puro y simple atentado contra la práctica de la democracia, aun cuando la misma sea invocada una y otra vez atendiendo a las técnicas de la demagogia. La máscara de 'consulta', al modo gibraltareño, siempre ilegal, no quita un ápice a su verdadero propósito: provocar la desestabilización imprescindible para que triunfe la versión abertzale del autogobierno vasco.


"Además, ¿votar qué? De nuevo tropezamos con la máscara. Así como en el derecho administrativo un recurso es tal por su contenido, aun cuando no sea presentado bajo ese rótulo, el supuesto Estatuto reformado es en sentido estricto una Constitución vasca. No estamos ante una 'reforma del Estatuto', tal y como se ha presentado a trámite de las Cortes, puesto que 'reforma' implica modificación parcial de una norma, no la elaboración 'ex novo' de otra sin más referencia a la primera que su sustitución prevista en la disposición final primera. Y en la medida que el 'nuevo Estatuto político' surge como expresión de la soberanía vasca -no otra cosa supone la asunción del supuesto derecho de libre «ejercicio de su voluntad» o «a decidir su propio futuro»- y contiene una organización completa de las instituciones vascas y de sus competencias, sin admitir interferencia alguna del Estado español, es lisa y llanamente una Constitución de Euskadi. Eso sí, con el aditamento surrealista de incluir una exigencia de libre asociación a España sobre la cual ésta carece de posibilidad de introducir cambio alguno. Incluso cabría situarla en la tradición de las cartas otorgadas, dada la condición de titular del poder constituyente asumida de facto por Ibarretxe en la elaboración del texto, así como la eliminación del debate de su texto artículo por artículo en el Parlamento vasco y el anuncio de un desenlace plebiscitario donde la falsa autodeterminación ratificará la organización fijada para la CAV por el lehendakari" (La demagogia y la Ley).

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