El presidente de la Generalidad catalana lamenta que el fallecido Juan Pablo II no fuera más receptivo al nacionalismo catalán.
¿Es necesaria la estupidez para ser nacionalista? En ningún lugar está escrito que así sea, pero la práctica demuestra cada día lo contrario.
En un comunicado con motivo de la muerte del Papa, Pasqual Maragall vincula al Pontífice con las líneas programáticas del tripartido que preside. Afirma el presidente de la Generalidad catalana que Juan Pablo II estaba “vinculado al nacionalismo y a los trabajadores”, y recuerda que las dos corrientes políticas que conforman su Gobierno, socialismo y nacionalismo, se complementan con el cristinanismo:
“La Catalunya cristiana ha sido una parte significativa de la Catalunya resistente a lo largo de la historia.”
Pero tras la identificación con el difunto Papa, llega el reproche:
“El Papa Wojtyla no fue demasiado sensible hacia nuestra realidad nacional.” (El Papa que combinó imagen y tradición)
Es la destacable conclusión que conviene extraer del fallecimiento de Juan Pablo II: no hizo caso a Cataluña.
No es la primera vez que el nacionalismo catalán se queja de que la Iglesia no le hace caso. Por ignorar, el Papa ignoraba incluso la lengua catalana, que utilizó en su visita a Cataluña pero olvidaba cada año en la bendición urbi et orbe:
"Por ser católicos catalanes parece que seamos malos católicos, porque el Papa no nos felicita como felicita los buenos malteses, también parece que por ser europeos catalanes seamos males europeos, porque mi idioma no consta en mi pasaporte, como consta el de otros europeos de raíz menos antigua. ¿Qué grave pecado hemos hecho los catalanes que, a pesar de ser uno de los países fundadores de la vieja Europa, no nos respetan ni nos admiten como catalanes?” (Àlvar Maduell: Europeus de tercera)
En el caso del nacionalismo, la decrepitud mental no es voluntaria.
