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04/04/2005

Gastronomía nacionalista: la hora del puchero identitario

Cualquier fe que se precie debe abarcar todos los ámbitos de la existencia. También la religión nacionalista, que se ocupa de las fronteras tanto como de la cocina.

Que el nacionalismo no es una ideología sino una profesión de fe lo prueban inquietudes como las de buscar las señas de identidad en la tortilla. ¿Qué opción política digna de tal nombre aplicaría sus principios a la gastronomía?

Isabel Clara Simó escribe:

“Ferran Adrià es un genio es la persona más internacional de los Països Catalans (...) Sobre Adrià hay fuerzas que actúan con un afán y una laboriosidad máximos (…) La constante españolización de su nombre y de su cocina. La prensa española se lo ha apropiado, lo ha hecho suyo, le ha abierto los brazos y se ha apoyado en él.
“No olvidemos que no hay cocina española internacional de este nivel (…) Con respecto a la cocina culta, en la Península hay algunos cocineros vascos y algunos catalanes (y contando mujeres cocineras, obviamente). Así pues cuando aparece un genio como Adrià, se le hispaniza deprisa y corriendo.” (Isabel-Clara Simó, Ferran Adrià)

La cosa también puede analizarse desde una óptica más izquierdista. Ignasi Riera, histórico de la izquierda catalana a la par que confeso maestro de la pirueta ideológica, es decir, nacionalista, halla en los pucheros la raíz histórica de los supuestos “países catalanes”:

“El título del libro que tengo en frente: Thesaurus de la cuina catalana i occitana, con prólogo de Robert Lafont, la persona que más ha hecho por recordarnos que valencianos, menorquines, ibicencos, catalanes, andorranos e incluso mallorquines somos primos germanos de los occitanos, hijos de una historia cultural mucho más sutil y jugosa que la marcada por las administraciones públicas que nos hablan de tres Estados y no sé cuántas comunidades históricas. Somos un país más grande del que nos creemos, marcados por una memoria de hambres seculares y por una búsqueda permanente de un paraíso al alcance: el de los cinco sentidos que conforman la memoria collectiva de un ágape compartido.” (Ignasi Riera, Quin tresor)

Desde la otra gran fe, el nacionalismo vasco, también se ha prestado atención al etnicismo cocinero. Francisco Letamendia, batasuno, usurpador de cátedras con sueldo en la UPV y perseguidor de demócratas, contribuyó al restablecimiento de las señas de identidad euskaldunas y a la lucha por la liberación nacional de su imaginario pueblo con un impagable artículo sobre la cocina analizada desde posiciones similares a las de Ignasi Riera, es decir, mediante la obscena fusión de socialismo y nacionalismo.

Hasta ahora la izquierda había analizado la revolución burguesa y las despreciables políticas del bloque dominante, pero la gran aportación de este compañero de viaje de los asesinos a la historia de Euskal Herria y a la historia del pensamiento es inabarcable:

“La cocina, fruto gozoso de la larga relación de los hombres con su entorno físico mediante la cual convierten la necesidad fisiológica de alimentarse en cultura, constituye una seña esencial de identidad de los pueblos. La cocina es un factor cohesionador de todos los vascos.
"La cocina vasca se ha convertido en el emblema de la ‘gran cocina’ en la capital del reino. Puede verse en ello una prueba más de la debilidad de la revolución burguesa en España, que no ha podido impedir el acceso en los últimos veinte años al rango de ‘gastronomía dominante’ de la cocina de un territorio, el vasco, algunos de cuyos otros elementos identitarios están implicados, como todo el mundo sabe, en el más agudo de los conflictos nacionales proseguidos tras la muerte de Franco.”

El nacionalismo, como todas fes, se encuentra en los pucheros tanto como en la lucha política quejica del victimismo imaginario, en la instrumentalización de las lenguas tanto como en el pepino étnico.

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Comentarios

Como se comenta más arriba, el fervor (hervor) patriótico es inconmensurable, anida hasta en el más escondido rincón anímico. Así, también en otros lares se cuecen habas, en Andalacía por ejemplo, como no tienen lengua propia ni hechos diferenciales susceptibles de cocimiento popular, la fe alógena se intenta despertar en otros vericuetos y en las fiestas escolares con motivo del día de Andalucia, los directores, siguiendo altas instrucciones, ordenan a los padres traer "comida andaluza" para la celebración.
Aparte del gazpacho y el pescaíto frito, poco más puede aportar andalucía con pedigrí propio, porque el potaje proviene del pot-a-feu galo. Aquello se llena de tortilas españolas y otros manjares de clara raíz hispana. Y de camino añadamos que el témino Al-Andalus, puesto por los árabes a toda la península, se intenta asimilar a Andalucía, nombre adquirido por esta comunidad después de la invasión francesa y que ni siquiera era contemplado en la Constitución de 1812 como bien puede comprobarse. En fin, que antes íbamos al cielo por la comida y ahora sólo podremos llegar al paraiso nacionalista dependiendo de la ingestión made in pueblerina.

Interesantísimo tu artículo y enlaces.

No me lo puedo creer. Se acabaron para mí esas cocinas etnicistas.

Ja ja ja, boicot al bacalao al pil-pil, ¿no, Carlos Andrés? Me parto. Bueno, siempre te quedará el McDOnalds, que no es nada "etnicista".

Pues nada, vosotros os lo perdéis: viva el pulpo à feira y el chuletón de Berriz!!

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