Los socialistas que se sientan en el consejo de ministros escuchan con devoción al presidente cuando les dice que, en cuestión de palabras, al talante le cabe todo.
Pero luego cada ministro utiliza la escoba y barre para su casa aunque ello suponga decir exactamente lo contrario que el patrón.
Los socialistas vascos no quieren sentarse en la misma mesa que Batasuna porque no condena la violencia. Pero están encantados de colocar sus posaderas ideológicas al lado de las siniestras señoritas del PCTV, que tampoco condenan la violencia. Y, como dicen en el PNV, llevan meses parloteando con etarras y batasunos en Francia.
Los socialistas andaluces están dispuestos a asumir la definición de Andalucía como nación en su nuevo estatuto. Pero largan cuanto pueden contra el nacionalismo y el presidente del PSOE (y de la autonomía) manda al infierno de la inconstitucionalidad los intentos de Maragall por aparentar ser nación.
El futuro presidente autonómico gallego, Pérez Touriño, proclamaba antes de las elecciones en las páginas de La Voz de Galicia (11.2.01):
“No excluyo que el PSOE dejase gobernar al PP con mayoría simple. Mi proyecto no coincide con unos nacionalistas que culpan de todos los males a Madrid, Bruselas y la globalización.”
Pero hoy está dispuesto a aceptar que Galicia ha sido una nación toda la vida para poder ir de la mano del BNG.
Luego se extrañan de que algunos quieran marcharse a formar otro partido.


