Toda la izquierda en Cataluña se ha unido al nacionalismo para proclamar en el nuevo estatuto el carácter nacional de la región.
Después de tres décadas de régimen identitario, los otrora partidos de izquierda asumen uno por uno los planteamientos del nacionalismo. Incluso en contra de lo que piensan los ciudadanos, que mayoritariamente califican a Cataluña de región.
La neolengua nacionalista suelta tinta negra para confundir al navegante. Las palabras nacieron con un sentido. Pero el nacionalismo aplica sobre ellas la técnica del trilero.
Esta semana cayeron en la trampa del lenguaje los mismísimos promotores de un nuevo partido político no nacionalista durante una entrevista con la siniestra presentadora de un informativo de la televisión catalana.
El personaje en cuestión, cuyo estilo recuerda tanto a la televisión de Milosevic, aludió a conceptos con los que gusta de jugar el nacionalismo, nación, país, catalanismo, e inmediatamente sus invitados, Francesc de Carreras y Arcadi Espada, se lanzaron de cabeza a por el anzuelo y empezaron a justificar el amor al lugar de nacimiento, que diferenciaron del nacionalismo.
Bobadas. Síndrome de Estocolmo. Incluso entre quienes denuncian la existencia del síndrome.
Es la tradicional táctica nacionalista de ocultar la bolita para que el contrincante se entretenga en estupideces del tipo “somos una nación pues tenemos una lengua”; “también somos un país, mira el diccionario”; “catalanismo e independentismo son cosas diferentes”; “no se puede asimilar soberanismo a independentismo”, etc.
Chorradas, juegos de trilero, maniobras de distracción, elucubraciones para etnicistas desocupados… Y para despistados de buena fe que caen en la trampa.
En este país (que por cierto se llama España y no como Franco lo denominaba: estado español), hay tan solo una nación. En la actualidad, a las regiones las llamamos autonomías tal como viene recogido en la Constitución. Y no encajan en ningún tipo de razonamiento, ni jurídico, ni conceptual, ni histórico, ni terminológico, definiciones absurdas e irracionales, cuando no ridículas, al estilo de “España es una nación de naciones”.
Las disquisiciones con respecto a las definiciones que los diversos diccionarios o las teorías políticas ofrecen de conceptos como país y nación, en manos del nacionalismo no son más que trampas etnicistas con las que ir colando en la vida cotidiana del ciudadano un instrumento más de manipulación de la realidad: la neolengua, el arma del lenguaje.
Cambiando la palabra, manipulan el concepto. Y ocultando el término España, oscurecen la existencia de la única realidad jurídica, política, histórica y social que en este aspecto tenemos.
Nuestra nación, como se argumenta en otro lugar de esta misma página, lo es porque se estructura alrededor de leyes que igualan a todos los ciudadanos en derechos y obligaciones prescindiendo del territorio (de la región) en el que se encuentren.
Cuando el nacionalismo inventa otras naciones, recurre a otro concepto, el de la nación étnica que no está basada en las leyes antes aludidas, pues ya existen, sino en otras realidades: la lengua (“nuestro ADN”, dijo Maragall), el territorio, etc.
Es decir, en realidades tribales. Las naciones que se inventan y defienden los nacionalismos son realidades étnicas, realidades propias de un círculo reducido. Realidades raciales. Más o menos disfrazadas, pintarrajeadas para que parezcan incluso progresistas. Pero se trata de las realidades más casposas y repugnantes.
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Más información sobre neolengua en BBS:
La neolengua
Neolengua y nación










