El Parlamento autonómico catalán ha roto la baraja y ha mandado las reglas de juego a la papelera.
El golpe de estado institucional se ha consumado. Con los votos de los nacionalistas, la izquierda verde asimismo nacionalista y los no menos nacionalistas miembros del Partido Socialista, el Parlamento autonómico catalán ha aprobado que:
- Cataluña es una nación.
- Las relaciones de Cataluña con España son de carácter bilateral.
- En Cataluña todo el mundo tiene obligación de conocer el catalán.
Alguien del PSOE dijo una vez que aunque un parlamento votara mayoritariamente que todos somos extraterrestres, seguiríamos siendo lo que somos. Craso error si la votación se lleva a cabo en España. ¿O es que alguien cree que Alfonso Guerra y un par más van a frenar la voluntad de Rodríguez Zapatero de desmantelar nuestro sistema constitucional sin pasar tal decisión previamente por las urnas?
En el improbabilísimo caso de que este presidente de Gobierno (que ignora si España es una nación) tuviera alguna intención de recuperar la cordura, ya llega demasiado tarde: ha perdido el control de los acontecimientos. Les ha enseñado a todos los nacionalistas los puntos débiles de su Gobierno y les ha permitido ensayar nuevas estrategias. El PNV se frota las manos mientras Patxi López balbucea en el zaguán de Sabin Etxea que le dejen entrar. Y CiU y ERC saben ya que, en el momento en que decidan abandonar el cuento, pueden mandar al asilo a esa pelma reina madre que es Maragall y gobernar juntos Cataluña para hacer lo que siempre han deseado.
De modo que en el País Vasco suplicando y en Cataluña a remolque. Eso en lo que concierne a los nacionalistas "amables". O sea, a los que amenazan solo con guerras entrecomilladas. En cuanto a los otros, a los nacionalistas sin comillas, Rodríguez Zapatero está literalmente en sus manos "gracias" a su lamentable política antiterrorista.
El presidente del Gobierno ha llevado mucho más allá de lo razonable sus guiños y sus mensajes a los terroristas, su nada oculta negociación y su entreguismo, la renuncia a combatir a los pistoleros en la calle y la complacencia con sus representantes en las instituciones. Y todo lo ha hecho contra la voluntad y la opinión expresa del principal partido de la oposición y humillando a las víctimas. Y muy especialmente contra buena parte de la opinión pública y contra más de un millón de manifestantes.
Es por todo ello que a estas alturas Rodríguez Zapatero tiene ya las manos atadas: un solo muerto le colocaría en una situación insostenible. Eso lo sabe el presidente del Gobierno pero sobre todo lo sabe ETA. De modo que los nacionalistas de las pistolas tienen en sus manos la precaria estabilidad del Gobierno de la nación. ¿Cómo se negocia en esas condiciones?
¡Estupenda jugada, ZP! ¡El talante ha servido para dejar a la nación atrapada entre los de las comillas y los de las pistolas!










