El deterioro de nuestro sistema democrático desde la llegada de los socialistas nacionalistas al poder es demasiado importante para que sigamos pensando que todo responde a la malévola interpretación de una derecha supuestamente reaccionaria.
El presidente autonómico vasco, Juan José Ibarretxe, dijo en referencia a su largo encuentro con el presidente del Gobierno:
"No sólo voy a seguir siendo discreto sino que, además, os pido a los medios que entendáis el concepto de mi discreción como un acompañante indispensable para alcanzar soluciones."
En España tenemos una larga (y lamentable) experiencia en esto de adjetivar el término democracia. Y sabemos por experiencia que cuando alguien propone añadirle un nuevo calificativo, está ocultando algo, está haciendo trampa.
Desde la llegada de los nacionalistas del PSOE al poder se ha puesto de moda la práctica del silencio y el ocultamiento. Cuanto más presumen de transparencia, más ocultan lo que andan haciendo, más recurren al secretismo y a una clandestinidad que apesta a trapicheo.
Y por cierto, ya no presumen de transparencia, eso fue en campaña, cuando también hablaban de que merecíamos un gobierno que nos dijera la verdad. Ahora hablan de la democracia “discreta”, “secreta”, “reservada”. ¿Por qué? Argumentan que el asunto es delicado. Muy importante. ¿A qué "asunto" se refieren? Pues ni más ni menos que a las concesiones que, en el marco de la negociación que se está llevando a cabo entre la democracia y un grupo de asesinos, está dispuesto a hacer este Gobierno. Lo que hay tras esa apelación a lo "importante" y a la "discreción" es bastante turbio: ocultan lo que hacen porque saben a ciencia cierta que, de estar informados, los ciudadanos lo rechazaríamos.
En otras palabras, quienes apelan a la “discreción” pierden, al actuar de este modo, toda legitimidad. No solo actúan a nuestras espaldas sino que lo hacen contra la voluntad expresada mil veces por los ciudadanos en el sentido de negar capacidad de interlocución a nadie para pactar nada con los terroristas nacionalistas. Los españoles de todas las regiones, perdón, autonomías, no queremos una negociación con ETA sino su rendición. Punto. Y no aceptaremos otra cosa. Matar no puede tener premio en un sistema democrático. Eso es lo que hemos dicho siempre en todos los sondeos y encuestas, en la manifestación de más de un millón de personas el pasado 4 de junio. Es lo que volveremos a decir dentro de poco otra vez en la calle, a ver si de una vez se enteran.
La negociación con ETA, como la modificación de estatutos en curso, en los términos en que se está haciendo solo interesa a una clase política indecente, que ha perdido principios e ideología y cuyo único fin es perpetuarse en el poder a costa de cualquier cosa. Por eso callan. Por eso piden “discreción”. Por eso están corrompiendo el sistema democrático adjetivándolo, limitándolo. Por eso practican una suerte de despotismo ilustrado de la peor especie.
El deterioro de nuestro sistema democrático desde la llegada de los socialistas nacionalistas al poder es demasiado importante para que sigamos pensando que todo responde a la malévola interpretación de una derecha supuestamente reaccionaria. Se ha acabado la transparencia, pero también el gobierno del interés general. En España, hoy, mandan misérrimas minorías interesadas en expoliar el país, llevarse los dineros de todos y desmotar los mecanismos que hacen del Estado el garante de la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos.
Quienes votaron de buena fe a Rodríguez Zapatero jamás pudieron imaginar el daño que está haciendo su PSOE a nuestro país.










