Una idea de España
Para enfrentarnos al nacionalismo no basta con el cabreo más o menos puntual, ni con la protesta ante esta o aquella injusta discriminación. Empieza a ser necesario apelar a la razón y a la conciencia. Y es imprescindible disponer de una idea clara de España.
Es la propuesta del siempre estimulante historiador Ferrán Gallego:
"España ha asistido a un verdadero ascenso de su insignificancia, en el sentido en que Castoriadis propuso considerar una crisis de civilización, cuando la gente ni siquiera sabe a qué cultura pertenece, cuando pierde su dimensión social y su pentagrama histórico. La insignificancia de España es, literalmente, la falta de sentido que va teniendo para sus ciudadanos. Cuando se han ido acostumbrando a no ser españoles en la forma y fondo en que un francés, un italiano o un alemán lo son.
"Si la gravedad ha provocado una inconsciencia que ni permite reconocer la enfermedad, quizás convenga proponer un comienzo. Empezar por lo que a nadie parece preocuparle, quizás porque ya se da por sentado: hacernos una idea de España. Hacerse una idea de las cosas no es un malabarismo intelectual: es la condición necesaria para empezar a considerar cualquier otro problema. Algunos pueden plantear que España no existe y que, por tanto, los problemas que se le presentan son el delirio de una patología.
"Por ahí van discursos con rango ministerial, y no sólo en las «nacionalidades históricas». Pero tienen razón en algo tan obvio, cuya designación resulta tan vergonzosa, como constatar que el rey está desnudo. Aquí nadie pone en duda la organización concreta de España, sino a España misma como algo a organizar.
"Una idea de España no es sólo evitar su destrucción, sino también su inercia. ¿Quién desea arrancar de España a sus habitantes y dejar un paisaje sumido en su solemne tenacidad? Disponer de una idea de España es, por el contrario, humanizarla, hacerla el resultado de ciudadanos que la piensan. Y que sólo pueden hacerlo adaptándola a la tensión entre sus necesidades y su libertad.
"Podremos convenir en lo extravagante que es la propuesta de otra idea de España cuando ni siquiera disponemos de una. Tal ejercicio intelectual, cuando se traslada al escenario político es, sin embargo, congruente. Pues hay quien confunde la posesión de una idea con la exhibición de una imagen. Pero una idea no es esa apresurada modificación cosmética del vacío, una fachada hueca que flanquea las calles de una ciudad fantasmal.
"En los malos tiempos para la ética, siempre queda el recurso de la estética. En los malos tiempos para el argumento, siempre podemos asomarnos a la mímica silenciosa de quien confunde sus acrobacias con el equilibrio. Y ya sería hora de negarnos a iniciar siquiera un diálogo acerca de los problemas de España con quien no acepta que España existe. Se tolera, claro está, que hay algo mal definido, algo que ya nadie sabe exactamente lo que es, un engranaje institucional, un «Estado Español», un cruce de elites políticas autónomas diseñando la arquitectura de un techo a compartir.
"Pero ¿una idea nacional, de comunidad de ciudadanos, de nación vivida como experiencia individual de cada uno y garantizada por textos jurídicos que se modifican tras ese acuerdo esencial? ¿Alguien cree de verdad que estamos en la tesitura cultural, previa a la política, que permite a los franceses, a los británicos, a los italianos o a los alemanes ser y sentir que son, vivir nacionalmente, para poder organizarse en una auténtica pluralidad?
"En la España de 1978 creímos que nos bastaba con disponer de una nación meramente jurídica que, además, trataba de alejarse de su propia definición para refugiarse en un acuerdo de circunstancias. Quizás nos aterraban los excesos de una introspección que había ensimismado el pensamiento regeneracionista y, más aún, la reclusión de la idea de España en un proyecto político que decidía quién era o dejaba de ser español.El naufragio del liberalismo español -ese liberalismo que no se reduce a los liberales doctrinarios, sino a quienes han forjado, con distintas siglas, la moderna Europa- se produjo en el momento en que no pudo añadir al acuerdo constitucional una nacionalización de masas, basada en un sentimiento de pertenencia, en una familiaridad con la cultura compartida, en un principio elemental de solidaridad que precediera a la convivencia bajo el cielo protector de la Carta Magna.
"No quisimos comenzar por hacernos una idea de España y nos conformarnos con disponer de un esquema formal para encapsular sus instituciones. Creímos que la realidad iría fabricando la idea, y no ha sido así. Bien lo entendieron quienes construyeron naciones desde organismos autonómicos. Quienes han ido impugnando ese significado nacional sobre el que se construye cualquier edificio político duradero. Lo entendieron perfectamente los nacionalistas: su mismo nombre indica que empezaron por definirse por un sentido de comunidad que debían convertir en conciencia colectiva. Ningún analista puede creer que los nacionalistas iban a conformarse con disponer de un Estatuto y aceptarlo como fin de trayecto, como hicieron los constitucionalistas españoles con el texto de 1978.
"El nacionalismo hizo del Estatuto una cantera de situaciones de hecho, de anticipaciones de soberanía, de financiación de recursos simbólicos, de representación comunitaria que decía convivir con España, pero que se basaba en un proyecto destinado a su desmantelamiento, porque la delimitación de su identidad como pueblo precisaba de la negación de España como nación.
"Dudosamente se les puede reprochar que comprendieran lo que otros no llegaron a comprender a tiempo: que la misión de las instituciones no es una mera función legislativa, sino que debe ir acompañada de los dispositivos que crean una cultura nacional. Todos los recursos que han servido para construir esa condición fueron distribuidos entre una muchedumbre de esferas clientelares. La educación se convirtió en el principal instrumento de nacionalización, pero de una nacionalización alternativa a la española.
"Las consejerías de cultura se dedicaron a la fabricación de identidades ajenas al ser español. Sería pasmoso que alguien creyera aún que se está hablando de descentralización, de competencias o de actualización autonómica. Sólo están contra todo eso quienes parecen sus más entusiastas defensores. Que se hable de un nuevo proceso constituyente no es una casualidad ni un principio, sino un efecto comprensible de la lenta y eficaz labor de unos y de la negligencia de los demás. No es extraño que se levanten chispas en lo más sensato del socialismo español que se toma su gentilicio como algo más que una licencia poética.
"Pero, en su versión española, la alianza de civilizaciones se presenta como una cooperación de entidades soberanas, que solamente pueden realizarse modificando las reglas del juego, esas que en ninguna otra parte de la Europa civilizada se plantean tocar: la soberanía nacional como base de la autoridad política y del derecho mismo a gobernar.
"Hacerse una idea de España. No estaría mal, como proyecto, como factor de movilización. Para añadir a la solidez de los textos jurídicos ese fluido cultural de experiencia colectiva, de significado asumido, de empresa a realizar. Un redoble de conciencia como el que exigió Blas de Otero, una España en marcha como la que cantó Celaya. Cuando querer ser españoles no era una retórica petrificada, sino una propuesta de dar contenido moral y garantías emotivas a las libertades ganadas tan a pulso. A la igualdad de los españoles, obtenida a tan alto precio." Ferrán Gallego, Un redoble de conciencia.















Estoy parcialmente de acuerdo con el artículo, difiero en su generalización. Hay lugares en España donde la 'nación jurídica' ha permitido evolucionar hacia una nación como comunidad de ciudadanos, aunque no en las zonas donde el nacionalismo se ha ido infiltrando en el tejido social.
"Quien siga los debates sobre el estado de cada comunidad que organizan los parlamentos autonómicos descubrirá por qué va bien o mal cada región y el espíritu de sus políticos.
Comparar cualquier debate en la Comunidad catalana y la madrileña explica cómo, siendo ambas muy parecidas en riqueza y población, una está reduciendo su buena imagen en España y la otra la incrementa.
Y no se trata de que en Cataluña gobierne un tripartito de izquierda socialnacionalista con las derechas catalanista y españolista en la oposición, y que en Madrid gobierne la derecha y tenga a la izquierda en la oposición.
Es que en Barcelona gobierno y oposición son, ante todo, esclavos infelices de signos identitarios y de supuestos agravios históricos, sorprendentes en una región protegida comercialmente por los distintos regímenes españoles, especialmente el franquista. Por eso los catalanes comunes, que son los que tienen el famoso seny, se desinteresan de tal planteamiento.
Madrid, al contrario, que se encontró como comunidad autónoma sin tradición alguna, no tiene identidad que defender y solo va a lo útil, gobierne la derecha o lo haga la izquierda.
Los debates en Barcelona se vuelven tediosos y lacrimógenos alrededor de sueños fallidos. Tratan de de banderas, de gallardetes e himnos vindicativos, para luego ocultar las corrupciones, que también esconde la prensa, descubiertas sin querer por el calenturiento Maragall.
En Madrid, comunidad con menos madrileños que foráneos, la presidenta Esperanza Aguirre y su opositor, el socialista Rafael Simancas, se zarandean con datos, estadísticas, propuestas, denuncias, obras, metro, inmigración, vivienda, sanidad, educación, análisis de promesas: todo se agita y contrasta.
La pasada semana se vio rigor y seriedad en las dos cabezas de la comunidad madrileña y sus conocimientos sobre lo que le interesa al ciudadano, porque en Madrid hacen política para sus habitantes; en Cataluña, no."
(Manuel Molares do Val 22-9-05)
http://cronicasbarbaras.blogs.com/crnicas_brbaras/
Publicado por:uno mas | lunes 26 de septiembre de 2005 a las 9:43
A mi me parece que lo que trata Ferrán es ofrecer una imagen de conjunto y urdir una respuesta global apelando a la conciencia nacional. Decir que no en todos sitios ocurre lo mismo, más que una obviedad, es reducir el alcance del problema. Precisamente el hecho de que en algunas autonomías se labore con cierto sentido colectivo, pero no se opongan resueltamente a la dinámica disgregadora general, forma parte también del apuntalamiento centrífugo. Si en Andalucía se destaca que obtuvieron más recursos del Estado para su déficit sanitario, no sólo contribuye a la exarcebación patriótica andaluza, es que se desprecia el derecho a la igualdad nacional española y se incide, justificnadolo, en ese discurso del sálvese quién pueda. Decir que unas autonomías si y otras no tanto, es encubrir la mala pinta de este desarrollo político, que no puede conducir sino a un proceso constituyente, dada nuestra historia, cultura, "conciencia" nacional y situación económica.
El cuadro es la generalización de futuros Estaditos, en los que unas partes ya están más avanzadas que otras en su consecución y realidad. Y es este cuadro el que hay que discutir, sin aludir a la buena o mala voluntad de los gobiernos autonómicos, pues no tienen otra salida que hacer lo mismo que todas. Es esto lo que debe ponerse en cuestión.
Publicado por:Sergio | lunes 26 de septiembre de 2005 a las 10:26
Nacionalismo, masa y poder
IÑAKI UNZUETA
PROFESOR DE SOCIOLOGÍA DE LA UPV/EHU
EL CORREO ESPAÑOL - EL PUEBLO VASCO
Las sociedades avanzadas de Occidente han experimentado a lo largo de su historia un proceso de diferenciación de tres etapas: en primer lugar, eclosionaron las sociedades arcaicas diferenciadas por segmentos, como por ejemplo los clanes y las tribus; en segundo lugar, las sociedades feudales diferenciadas jerárquicamente según el grado de poder de nobles, señores y siervos; y finalmente, las actuales sociedades diferenciadas por funciones. Es decir, que mientras las sociedades tribales se constituían sobre la base de una segmentación básica que daba lugar a uno o más grupos homogéneos que rivalizaban por los recursos escasos, las sociedades capitalistas de Occidente se constituyen y estructuran en torno a una multiplicidad de funciones que las hace extremadamente complejas. Para algunos autores, como Niklas Luhmann, para que los sistemas sociales se reproduzcan y mantengan, es preciso que lleven a cabo determinadas funciones vitales como, por ejemplo, la regulación de los conflictos o la explicación de la realidad. A su vez, cada una de estas funciones se caracteriza por aglutinar un tipo específico de comunicación que lleva a cabo una distinción binaria propia. Así, las comunicaciones en torno a la explicación de la realidad, dan lugar al subsistema científico y son evaluadas según la distinción binaria: verdad o falsedad, no importando si, por ejemplo, son bellas o inmorales. De igual modo, el subsistema judicial, que tiene por función la regulación de los conflictos, aglutina comunicaciones que son evaluadas según la distinción: legalidad-ilegalidad; y cabría hacer similares consideraciones en torno a otros subsistemas, como el político o el económico. En definitiva que, para Luhmann, la sociedad es comunicación y su complejidad aumenta porque se crean nuevos tipos de comunicación; integrándose por medio de las distinciones binarias que en cada uno de los subsistemas tienen lugar.
Asimismo, cada proceso de diferenciación da lugar a su respectivo estadio o modelo evolutivo: tribal, feudal o funcional, que es ideal en el sentido de que no existe en la realidad empírica de una forma pura. En Occidente, la mayoría de las formaciones sociales han accedido a la tercera etapa de diferenciación, aunque se encuentran también jerárquicamente diferenciadas, y presentan restos de segmentaciones arcaicas. Empero, todavía existen determinados nichos étnicos, formaciones sociales arcaicas, cuya estructuración básica responde a procesos simples de diferenciación. Estos estancamientos evolutivos, casi en su mayoría, tienen lugar allí donde el nacionalismo ha arraigado, impulsando procesos primarios de segmentación que tienen por objetivo la constitución de un 'nosotros'. Pero, a su vez, las formaciones estancadas en el primer estadio de diferenciación, se encuentran también sometidas a procesos de diferenciación funcional. Ello da lugar, en su forma más simple y atenuada, a un encabalgamiento de procesos, cuando a la diferenciación simple del nacionalismo se le superpone la diferenciación funcional de cada uno de los subsistemas. Sin embargo, cabe también que, en vez de un encabalgamiento, se produzca una brusca colisión de procesos de diferenciación. En estas circunstancias, la 'racionalidad intragrupo' orientada al acuerdo entre nacionalistas para la constitución de una comunidad de patriotas, choca con la 'racionalidad universal' orientada al otro y a la constitución de una sociedad de ciudadanos. Es decir, se enfrentan, de un lado, una racionalidad recortada, con fundamentos sagrados y objetivos pre-dados; y de otro, una racionalidad profana y postmetafísica que apela comunicativamente al otro. Al mismo tiempo, esta colisión principal presenta variadas dimensiones, pues el proceso de diferenciación nacionalista choca con los procesos funcionales de cada uno de los subsistemas, provocando un conflicto sistémico multidimensional y crónico.
Los nacionalismos impulsan procesos de segmentación que tienen como meta incrementar la homogeneidad del grupo, expulsando todo lo que les resulta extraño y perturbador, y constituyendo por ello, el dispositivo más eficaz para la construcción de una determinada identidad. En la tarea de construcción identitaria, el nacionalismo apela a lo más simple del ser humano, toca su fibra gregaria y le ofrece calor, cobijo y seguridad. En ello, el primer paso es la 'definición', esto es, la formulación de las características que debe reunir el 'nosotros'. Le sigue, aunque no siempre, la 'identificación', es decir, el establecimiento de los símbolos que distinguen a la comunidad, como lo que propone, por ejemplo, el alcalde de Getxo. Una vez alcanzado lo anterior, la meta siguiente es la institucionalización política, es decir, la cristalización jurídica de la comunidad nacionalista, que alcanza su máxima expresión cuando toma la forma de un Estado. Ahora bien, en ocasiones, cuando se imprime una aceleración al proceso de construcción nacional y de institucionalización política, surgen prácticas políticas crueles y aberrantes. Así, si la infatuación nacionalista crece, como ocurrió en España con la expulsión de judíos y musulmanes, o más tarde con la 'soah', a las etapas de definición e identificación, les siguen las de expropiación, deportación, concentración y, por último, si es el caso, eliminación. O cabe también que, una vez definido e identificado el extraño a la comunidad, se proceda directamente a su eliminación. Este proceso que enlaza la definición e identificación con el acoso y, si es el caso, la eliminación, requiere primero, como dice Beck, construir políticamente al extraño; para luego, poner en marcha mecanismos de producción social de la distancia y de la indiferencia moral, mecanismos que invisibilicen a las víctimas y que acallen su sufrimiento y dolor. Son necesarios idiotas morales, o como decía Hermann Broch, buen conocedor del paño nazi, sonámbulos, hombres y mujeres capaces de esconder a sí mismos su vacío, obteniendo a cambio, calor, recompensa y protección.
Desde esta perspectiva, los llamados partidos nacionalistas democráticos se encuentran atravesados por una grave contradicción, ya que, por un lado, apelan a la utilización de vías exclusivamente democráticas, pero, por otro, se encuentran guiados por una 'racionalidad intragrupal' orientada a la constitución y fortalecimiento de una comunidad de patriotas. Ello les hace arrogarse el papel de únicos y legítimos intérpretes de la voluntad de los vascos, negando así su pluralidad. La violencia simbólica resultante se ejerce contra todo lo que ha sido definido como extraño a la comunidad, y adquiere diversas formas, que van desde tildar al adversario político de 'enemigo del País Vasco', hasta interpretar el papel de exegeta del pueblo, como hacía en las pasadas elecciones el lehendakari Ibarretxe, que les decía a los portavoces del PSE y PP, Patxi López y María San Gil, que sí, que, «ellos también podían contribuir y participar en la construcción de este país». Sin embargo, no se trata tan sólo del ejercicio cruel y constante de la violencia simbólica por parte del nacionalismo, a la que es básico que se responda con total contundencia, sino de los comportamientos erráticos y las formulaciones vagas, cambiantes e imprecisas en torno a la eticidad y moralidad de la violencia en general. Como prueba, ahí están los largos años de connivencia y utilización vicaria de la violencia para arrancar cosas de 'Madrid'; los acuerdos con formaciones políticas que aceptaban como forma de lucha la eliminación del adversario; la exaltación, como en Amurrio y otros muchos pueblos, de los agresores; el abandono, la incomprensión y, en bastantes ocasiones, la culpabilización y desprecio de las víctimas (recuérdese por poner un solo ejemplo, como en el funeral de Fernando Buesa, la masa nacionalista arropó al lehendakari y dejó allí tirado al muerto).
Finalmente, el proceso de construcción nacional y de institucionalización política, enlaza con la cuestión del poder, que se manifiesta de una manera triple: como fuerza, como influencia y como autoridad, y que hay que analizarlo relacionalmente, como algo que se ejerce sobre o contra alguien. Una vez definido e identificado el 'nosotros', es el caso que se dispone de un criterio muy útil para la distribución de los recursos y el ejercicio del poder. Así, el proceso de institucionalización política del País Vasco ha enquistado un mandarinato con firmes conexiones con otras instancias de poder, como determinados sectores productivos, universidades, etcétera, conformando una estructura muy difícil de romper. En las sociedades de diferenciación simple, como la vasca, como lo que se valora es sobre todo la lealtad, dicen que al partido y a la patria, la mayoría de los cargos no se distribuyen por capacidad sino por proximidad. Esto es también característico de los clanes y las mafias, donde lo importante es la fe en el grupo, el silencio, la docilidad, la lealtad. De este modo, los mecanismos de control se adulteran y la corrupción se expande. El resultado es la creciente segmentación de la sociedad: los nacionalistas establecidos y el resto excluido.
Esta aleación de elementos sagrados, exclusión, indolencia, sonambulismo, corrupción, docilidad y clientelismo, convierte a los nacionalismos en una de las fuentes de reacción más importantes del siglo XXI.
Publicado por:Lucía | lunes 26 de septiembre de 2005 a las 16:54
Lucia:
Tan lúcida como siempre.
Hasta hace poco, dentro y fuera de Cataluña, se hablaba de la via civil de integración catalana en contraposición al exacerbado etnicismo vasco. Pero los nacionalismos se mimetizan y retroalimentan. Pacto de Barcelona. A la vista de lo descrito en el artículo de Iñaki Unzueta no creo que haya ninguna diferencia entre los dos casos clínicos. La historia se acelera y se acercan posiciones y resultados entre los dos nacionalismos "clásicos" de España.
Pero ha pasado su "edad de oro". Tras 25 años de práctica nacionata, y la contaminación al resto de, la situación idológica ha dado un vuelco. La parte más consciente de la sociedad española se ha dado cuenta de que la fiera puede destruirnos. Efectivamente, o ellos o nostros. No hay alternativa. El debate ideológico, el rearme moral es cada dia más fuerte, más esclarecido; la voluntad de hacerles frente cada vez más extendida, cada vez más decidida; los tibios se asombran, los débiles se arrinconan, los fuertes se envalentonan. Y los nacionatas con el discurso perdido. Sólo les queda el feixistes! espanyolistes!. Pero ¡ay! gritan lo que son: fascistas. Y españolistas es un honor. Por lo que ello encierra: libertad, justicia, igualdad. Las tres bichas de los nacionatas.
Remedando a Mingo Revulgo:
"Antes el triste de un conejo nos metia en un rincón. Ahora arremetemos contra el más fiero león".
Publicado por:Juan | lunes 26 de septiembre de 2005 a las 18:32
Hernández Mancha anda de jefe de un grupo de abogados que se han encargado de elaborar un informe para el presidente extremeño Ibarra, acerca de la conveniencia u oportunidad de reformar el Estatuto de Extremadura. La conclusión no puede ser más cabal: si bien no es conveniente alentar tanta reforma, de no hacerla se quedarán sin competencias porque todo el mundo las está cogiendo o bien el gobierno se las está dando.
Y este es el verdadero núcleo del problema en España. El otorgamiento de toda la organización político-social, menos “exteriores”, ejército y cuerpos de seguridad y poco más, se está fijando en las manos de los gobiernos autonómicos. Y eso es anticonstitucional aunque nadie acuda con la acusación del CONJUNTO del proceso al TC, porque dado el modelo de funcionamiento adoptado y dadas las consecuencias prácticas de su puesta en marcha, en él se conculcan derechos fundamentales como la igualdad o la soberanía nacional; no se sabe bien quién manda, quién gobierna en el conjunto del país y qué es lo que votan los españoles en sus elecciones; en una palabra, no hay democracia, Constitución ni autoridad política nacional. Y por mucha legalidad formal que usen para arribar a esa meta de tan ilegal contenido, no puede sostenerse ni en la teoría política ni en la práctica social, lo que es una operación entre calculada y sobrevenida que a la sociedad española ni le conviene, ni le interesa, ni se merece. Otro asunto es cómo vamos a salir de este laberinto, si es que es posible, y quién tiene que emprender el camino de la cordura.
Publicado por:Ismael | miércoles 28 de septiembre de 2005 a las 20:35