La utilizaron con el asunto de los “papeles” de Salamanca, que convirtieron en “las cartas de amor de mi abuelo”. La usan ahora con su lamentable estatuto (“¿cómo se lo explicaré a mi hijo?”). Me refiero a la peor de las demagogias: la que se disfraza de libertad, justicia y progreso.
Que el mal llamado “borrador” de nuevo estatuto catalán (en realidad, una carta otorgada de carácter secesionista) no interesa a los ciudadanos es cosa sabida. Que chorrea ilegalidad por los cuatro costados lo reconocen hasta sus redactores. Que es la típica huida hacia delante del etnicismo para poder presentarse luego como víctima está cantado. Que consagra situaciones injustas se hace evidente para cualquier que eche un vistazo a ese texto poblado de discriminaciones lingüísticas, educativas, de controles de los medios de comunicación, y de intervencionismo de los poderes públicos en el sistema financiero y en la iniciativa privada en nombre de los intereses “nacionales”.
El malhadado texto permite detectar también otras cosas. Por ejemplo, facilita la localización de reaccionarios (por más que se disfracen de progre, que es el típico disfraz que en España adoptan los nacionalismos más casposos). Pasen y lean la demagogia del padre compungido:
“No quisiera yo tener que explicarle ami hijo, dentro de algunos años, que Pasqual Maragall, Artur Mas y Josep Lluís Carod-Rovira fueron clónicos, en el 2005, de los prudentes padres de la democracia española y la autonomía catalana. ¿Qué le diré ami hijo si no entiende cómo es que ser catalán sale tan caro y, encima, te llaman ladrón? Le recordaré una frase contundente de Roca: "Una solidaridad impuesta no es solidaridad, sino una imposición".
“La Constitución de 1978 no me parece, para nada, un texto sagrado, por mucho que haya señores a los que, ahora, les da por blandirla cual espada castigadora del infiel. Tampoco tengo miedo a una nueva guerra civil, ni me impresionan las sombrías elucubraciones de tantos ex comunistas al servicio doctrinal de la FAES de Aznar. En un rapto de optimismo histórico (y para no ser confundido con un catalán de mal humor), creo que mi hijo es más fuerte que todo esto. Al menos, yo haré todo lo democráticamente posible para que no deba tragarse otros veinticinco años de más consenso falso, del que siempre acaban pagando los mismos.” Francesc-Marc Álvaro, Para mi hijo.










