Los nacionalistas vascos han celebrado otro año más el día del gudari, otra superchería étnica para mantener vivo un fantasma que nunca existió.
La historia de los famosos gudaris vascos durante la segunda república española y su participación en la guerra civil posterior ha sido ampliamente estudiada y por fin se tiene exacto conocimiento de las permanentes deslealtades y traiciones del Gobierno vasco de aquel entonces y de sus supuestos héroes patrióticos.
Ya en los años 30 y 40 quedaron patentes las rotundas acusaciones que contra ellos formularon muchos líderes de la época. En sus Diarios, Azaña se refiere al comportamiento supuestamente heroico y leal de los denominados gudaris y habla de “la defección de los nacionalistas en Bilbao. Cinco batallones se pasaron al enemigo. También se pasaron los que defendían Portugalete”, y señala que “la pérdida de Santander era inevitable pero hubiera podido retrasarse 15 o 20 días, importantes para la situación de Asturias, a no ser por la defección de los batallones vascos.”
Miguel Amilibia, en Los batallones de Euskadi, escribe que “los de la Ertzaña se quedaron íntegramente en Bilbao. A recibir a los vencedores, a decirles que se les entregaba Bilbao intacto y sin ‘chusma’ alguna.” En cuanto al colaboracionismo del PNV con el fascismo, están ya bien estudiados y descritos episodios como la traición que supuso el pacto de Santoña.
Sin embargo los actuales gudaris del etnicismo vasco, que no han mejorado de manera apreciable con respecto a sus ancestros, siguen pintando la historia del color más opaco posible tratando de disimular sus propias vergüenzas y festejan sus imaginarias hazañas bélicas en el Gudari Eguna. Cuentan la guerra civil como si hubiera sido un conflicto internacional y sostienen con desvergüenza que el sangriento episodio les era por completo ajeno:
“La explosión de 1936, cuyas causas eran ciertamente bien ajenas a los problemas específicos de la nación vasca, colocó a los partidos abertzales, EAJ-PNV y Acción Nacionalista, en una situación extremadamente difícil. En aquel caos resultaba imposible inhibirse. Había que tomar partido. Había que elegir entre el conglomerado de los partidos fascistas, los militares golpistas apoyados por las últimas bayonetas carlistas y la sempiterna y egoísta derecha española, sacralizados todos ellos por una iglesia delirante, por un lado, y por el otro una república, sin duda legal, pero sectaria y desacreditada, unos partidos de la izquierda española totalmente desbordados y unos sindicatos desesperadamente revolucionarios y anarquistas, con más de anticlericales que de anticristianos.”
Los nacionalistas vascos se decantaron por la República por meros intereses circunstanciales. Con la república les era más fácil lograr la independencia:
”Por decirlo de alguna forma, hubo de elegir entre el crimen organizado y el desorden criminal. Se optó por la República, por la posibilidad que ofrecía de crear un poder vasco, capaz de enfrentarse a los dislates de los unos y de los otros. Se optó, en último grado, por Euskadi. Fue la juventud abertzale la que dio una respuesta fulgurante, la que supo organizar aquellos batallones de gudaris, las primeras unidades militares vascas en combatir únicamente por Euzkadi, por la patria vasca, por nuestros intereses y no por los ‘esta o aquella república española’ o por los de la pseudo-democracia de turno.”
Tras insultar esa memoria histórica de la que tanto hablan cuando les interesa, los nacionalistas vuelven a mentir al señalar otra vez, tantos años después, que los soldados vascos fueron leales y tuvieron un comportamiento heroico:
“En aquel clima de propaganda calumniosa, de confusión y de odio, ellos fueron soldados limpios, los que murieron en combate, los que fueron malheridos, los encarcelados, los fusilados, los discriminados a perpetuidad. Se enfrentaron arma en brazo, serios, estoicos, al ejército español, a sus mercenarios africanos, a los contingentes alemanes e italianos, y de forma trágica, a otros vascos con otros sentimientos.
“Sin perder jamás su identidad, tuvieron por compañeros a quienes defendían lo que era, pese a todos los pesares, la gran esperanza republicana, a los milicianos socialistas, a los comunistas, a los anarquistas, a todos los pobres de la tierra. Lo que terminó en Santoña fue una epopeya que todavía no ha encontrado Homero que la cante.” Colectivo Izadia (integrado entre otros por los dirigentes nacionalistas Luis Mª Retolaza y Ramón Labayen), Euzko Gudariak 1936-1945. In Memoriam.


