La práctica de la pedagogía del odio, materia en la que el nacionalismo siempre ha destacado, se multiplica estos días coincidiendo con el anuncio de apocalípticas campañas anticatalanas.
El nacionalismo a secas y el socialismo nacionalista, con Rodríguez Zapatero a la cabeza, renuevan las viejas cantinelas del victimismo etnicista y salen en tromba a denunciar, por un lado, que quienes criticamos el estatuto catalán y la política territorial del Gobierno somos nacionalistas españoles, y por otro lado, que participamos en una campaña anticatalana y arremetemos contra los ciudadanos catalanes y no contra los partidos nacionalistas.
A estas alturas es preciso esforzarse un poco más para que nos sintamos insultados o, cuando menos, para que nos demos por aludidos. Resultan tan convencionales, tan tópicas y tan previsibles semejantes acusaciones que no vale la pena detenerse más tiempo en ellas.
Quienes denuncian el resurgimiento del nacionalismo españolista y la campaña anticatalana curiosamente son los mismos que se dedican a ofrecer la imagen de España que a continuación se reproduce. Este texto aparece en un diario de información general, atención, repetimos, de información. Se supone que refleja la realidad de España y las reacciones que se registran en la sociedad española ante la llegada del estatuto catalán al Congreso de los Diputados. Así describe España el periódico nacionalista La Vanguardia, uno de los que dicen que hay una campaña anticatalana:
"A un independentista amante del surrealismo le habría dolido hoy separarse de España. Porque la acogida que la ciudadanía ha dispensado a los políticos catalanes en la capital no ha sido ni cariñosa ni agria, ni todo lo contrario. Ha sido rara.
"Solamente un señor obeso se ha tomado la molestia de acercarse a la carrera San Jerónimo con una bandera española para gritarle a Benach que 'cada día estás más gordo'. Un autocar de pensionistas extremeños se han unido a él coreando 'España, España', al estilo de Manolo el del bombo. Un rato antes, mientras Artur Mas y Josep Antoni Duran Lleida hablaban con los periodistas junto a los leones de las Cortes, una señora mayor le explica a su amiga: 'Son el guapo y el calvo de lo que antes era de Pujol'. A poca distancia, un caballero con gomina y traje oscuro sostiene que 'si Catalunya es una nación, yo soy José Tarradellas'.
"Segundos antes de ser recibido por Manuel Marín en un pasillo del Congreso de los Diputados, Benach se mete la mano en el bolsillo para buscar el aparatito de memoria digital donde lleva almacenado el nuevo Estatut y un periodista exclama: '¡Cuidado, que saca la faca!'. No sabemos hacia dónde va España. Pero seguro que de camino nos encontraremos a Groucho Marx." Carles Torras, Homenaje a Groucho.
Huelga decir que las imágenes de esta secuencia fueron repetidas de manera reiterada por los informativos de la televisión del tripartito catalán, TV3, otro medio con máster en la práctica de la pedagogía del odio.
¿Es esa la realidad que vive la sociedad española? ¿Es la opinión y el comportamiento de esas 20 personas representativo de algo? ¿Hubo a las puertas del Congreso una concentración de varias decenas de miles de personas, de las que estas 20 formaban parte? ¿Son el reflejo sociológico de la nación las manifestaciones de estos pensionistas?
Las regiones donde se queman sedes del partido que no vota al estatuto, o donde se persigue a quien discrepa del pensamiento etnicista único impuesto por los gobiernos autonómicos, pasan por ejemplo de tolerancia y libertad, mientras sus medios difunden estos daguerrotipos con el fin de perpetuar el falso cliché de su tolerancia y dañar la imagen de la nación generando sentimientos de odio. Pura técnica balcánica, de la que Milosevic fue un experto.
Cualquier profesional del periodismo reconocerá en la publicación de semejante anécdota dándole categoría de noticia uno de los más burdos procedimientos de manipulación de la información. Pero todo vale para el nacionalismo cuando el objetivo es presentar la nación como un lugar poblado de ignorantes descerebrados, preferiblemente agresivos. Si además se puede adobar con algunas palabras malsonantes, miel sobre hojuelas. ¿Lo veis? ¡Hay una campaña contra los catalanes!
Pero la pedagogía del odio (como la estupidez identitaria) no es patrimonio de los medios de comunicación. La ejercen también los líderes políticos, lo que es todavía más grave e irresponsable. Un viejo experto en la materia, Joan Puigcercós, interlocutor privilegiado del presidente del Gobierno y secretario general de la formación catalana ultra por antonomasia, ERC, compara las reacciones ante la aprobación del estatuto con Noriega y la invasión norteamericana de Panamá:
“Los últimos días de 1989 la actualidad internacional miraba a Centroamérica: una vez más, un caudillo puesto a dedo por los Estados Unidos se les sublevaba y Manuel Noriega se convertía en un nuevo Frankestein de los yanquis que se veían obligados a invadir Panamá por reducirlo. La situación vivida a la villa y corte en los días posteriores a la aprobación del Estatuto era previsible.
“Ante el ruido que genera el frente mediático de la derecha y que arrastra el resto de medios civilizados, hace falta firmeza y serenidad para que no caigamos en la trampa de la derecha extrema que teledirige el Partido Popular.” Joan Puigcercós, No ens tremolaran les cames.
O sea, que hay una campaña anticatalana, por si no se había usted enterado. Nada que ver con que el estatuto sea un golpe de mano al sistema constitucional. Lo nuestro es inquina personal. Criticas a tipos como Puigcercós y en realidad no les criticas a ellos sino a los vecinos de su bloque, catalanes todos. Eso sí, cuando Puigcercós o La Vanguardia se ejercitan en la pedagogía del odio no hacen otra cosa que defenderse de una agresión.










