No hace falta darle muchas vueltas a ni recurrir a sesudos análisis. Estamos ante uno de los trucos más viejos de la política en su peor acepción. Lo de Maragall no es remodelación. Es camuflaje.
Lo que hay tras el patético espectáculo que está ofreciendo el Gobierno autonómico catalán no es otra “maragallada”, sino la maniobra de encubrimiento necesaria para que el estatuto trague entre los electores catalanes, que pasan del asunto, y los diputados del Congreso, que deben aprobarlo.
La pasada primavera, cuando empezaron a hacerse muy visibles los síntomas de hartazgo ciudadano ante la reforma estatutaria y se empezaba a poner de manifiesto su desinterés a través de encuestas y sondeos de todo tipo, con el telón de fondo del 3% y del Carmelo, el tripartito catalán empezó a hablar de “giro social” en la acción de gobierno.
Políticos y medios afines multiplicaron el mensaje: “ha llegado la hora de las políticas sociales”, “vamos a desarrollar los aspectos sociales del pacto del Tinell”, “este es un gobierno de progreso, catalanista y de izquierdas”, etc. El Periódico, siempre dispuesto a echar una solícita mano, corría a editorializar Viene el acelerón social y entre todos trataban de hacerse perdonar los casi dos años de onanismo identitario al que se había entregado entusiasmada una clase política que ya solo se rige por sus propios intereses partidarios, que no otra cosa es la reforma estatutaria catalana.
Ahora vivimos la segunda parte del intento de camuflar el festín etnicista. Maragall habla de remodelación y apela a la necesidad de un nuevo impulso en la acción de gobierno. A su chapucera manera trata con ello de presentar ante la ciudadanía (no solo catalana) un perfil de progresista concentrado en las políticas sociales.
Siguiendo las prácticas que tan buenos resultados le dieron a Rodríguez Zapatero en su primer año de gobierno, Maragall necesita volver al terreno de la confrontación izquierda-derecha tras comprobar que en el banquete al que hacíamos referencia, los mejores platos se los ha comido Artur Mas.
Necesita también callar las voces que llegan de las autonomías gobernadas por socialistas, donde se presenta el proyecto de estatuto catalán como un engendro más propio de la derecha que de un partido socialista. Y tampoco le vendría mal una capa de izquierdismo ahora que desde sectores no nacionalistas de su propio partido se le reprocha haber caído en las manos del nacionalismo de los republicanos.
El giro social que se pretende dar a la política del Gobierno autonómico catalán y la consiguiente remodelación de Maragall no constituyen más que un intento de restaurar los daños que ha supuesto dedicar más de la mitad de la legislatura a mirarse el ombligo identitario sin más resultado que el rechazo cada vez mayor de la ciudadanía en España y el desinterés más absoluto de los votantes catalanes.
Pero es muy posible que esta operación de chapa y pintura llegue demasiado tarde. Si a ello sumamos la torpeza infinita del presidente autonómico, y las divisiones y las profundas contradicciones que anidan en el seno de su Gobierno, no resulta extraño que a ojos de la opinión pública el prestigio de la clase política que pretende reformar estatutos y constituciones empiece a tambalearse. Las deserciones no se han hecho esperar. Los empresarios que se apresuraron a aplaudir el estatuto, ahora dicen que fueron engañados.
¿Se van a poner en evidencia los diputados del PSOE en el Congreso aceptando a trámite la propuesta estatutaria catalana después de haber devuelto la de Ibarretxe y tras constatar el rechazo que suscita en las instituciones, en la clase politica, en sus propias filas y en la ciudadanía de Cataluña y de toda España?










