El boicot es un instrumento poderoso que empieza a rendir los primeros frutos. Pero también es un arma peligrosa.
El boicot a productos nacionalistas desborda todas las previsiones y empieza a obligar a las empresas a tomar medidas para evitarlo. El hecho de que "las pymes españolas piden un pacto sobre el Estatut para evitar boicots" refleja la magnitud del cabreo contra la ofensiva nacionalista y el triunfo de la iniciativa.
Quienes creemos que al nacionalismo no se le derrota a través de los políticos y los partidos, ni en parlamentos o tribunas mientras tengamos la ley electoral que tenemos, hemos confiado siempre en las iniciativas ciudadanas.
Solo la gente puede revertir la situación actual. Solo nosotros, con nuestra actividad cotidiana, anónima casi siempre, podemos frenar la agresión etnicista. En la calle cuando alguien, alguna vez, se decida a convocar manifestaciones con lemas claros y rotundos; con el voto, que no se puede elegir con el automatismo con que a menudo se hace, sin haber estudiado previamente los programas electorales y sin repasar el “currículo” de cada partido; y en todos los aspectos del quehacer diario.
En este sentido el boicot parece un arma poderosa y eficaz. Y sin duda es lo primero. En cuanto a su eficacia, los daños colaterales pueden crear conflictos donde no los había. No se puede olvidar que entre las primeras víctimas del boicot figura, en ocasiones antes incluso que las empresas, el ciudadano no nacionalista que vive en una autonomía “histórica”.
En BBS llevamos muy mal lo del boicot. Resulta muy difícil llevar a cabo el ejercicio de señalamiento que implica y que tanto repugna y denunciamos cuando procede del nacionalismo. Si este fuera un país en guerra, boicotear al enemigo resultaría lógico. Pero quienes viven en las autonomías “históricas” no son mis enemigos. Tampoco cuando votan nacionalista.
Si actúas contra un compatriota sin que ello te altere o la razón, o el corazón, no eres mejor que aquellos a los que denuncias.
El año pasado nos opusimos a apoyar el boicot al cava. Hay que reconocer que este año todo es más difícil. La ofensiva nacionalista ha desbordado todos los límites, la contaminación etnicista ha empapado al partido del Gobierno y el cabreo general es notorio. Por todo ello son absolutamente comprensibles los ánimos boicoteadores. Pero.










