El ciudadano transhistórico
La España del siglo XXI ha alumbrado el ciudadano transhistórico, aquel que reclama su derecho a participar en todas las decisiones importantes del pasado, incluso en aquellas que, por razón de su edad, no vivió.
Entre la ingenuidad y la estupidez, hay quien reclama su derecho a votar de nuevo su estatuto de autonomía o la Constitución porque no estuvo allí cuando se aprobó.
Se trata de la forma más pedestre y estúpida de este síndrome transhistórico que se ha instalado entre nosotros y del cual, el socialismo nacionalista y su máxima expresión, el zapaterismo, es, dejando a un lado su carácter oportunista y táctico, una de sus más claras expresiones.
En la justificación/argumentación de la izquierda nacionalista de Zapatero y de los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, subyace el mismo infantilismo revisionista: hay que volver a hacer la transición porque nosotros no participamos.
Unos ponen el acento en elementos surrealistas, como la famosa presión de los poderes fácticos, tópico para progres que recuerda a los de otras épocas (el oro de Moscú, la conspiración judeo-masónica). Olvidan o ignoran que el único poder fáctico real, tangible y presente durante toda la transición fue ETA, que vivió precisamente en aquella época sus años más sanguinarios, qué casualidad.
Otros, más descarados todavía, acentúan los elementos territoriales para sostener que la transición constituyó una traición a algunas regiones, perdón, naciones. O sostienen que en efecto se recobraron las libertades civiles, pero no las territoriales.
Y todos ellos reclaman su derecho a volver a transitar la Historia.
Alimentado con pasto tan contaminado surge así el ciudadano transhistórico, un imbécil integral que hace alarde de progresismo, tolerancia y diálogo y que levanta la voz sin avergonzarse para proclamar su derecho a repetir cuantos episodios históricos le vengan en gana.
Al hecho de vivir en el ambiente cultural y mediático de la España de nuestros días, dominado por el pensamiento único de un progresismo maniqueo, caduco y reaccionario, se une en los últimos años el resultado de unos planes educativos que parecen haber sido concebidos para producir ciudadanos idiotas, es decir, ciudadanos de segunda.
El resultado de combinación tan catastrófica te asalta el ánimo en cualquier esquina (y te lo destroza). Alguien dejaba hace unos días este comentario en BBS: “Yo no voté la Constitución porque no había nacido, así que estoy en mi derecho a revisarla y que se vote de nuevo”. Quizá se pueda ser más majadero, pero es difícil resultar más ignorante.
Sucede que esos son los ciudadanos del futuro en España. La que nos espera.














La mentalidad predominante en una nueva generacion abotargada, incapaz de seguir y mucho menos hilvanar un razonamiento es la de considerar que el mundo debe girar exclusivamente segun sus deseos y que cualquier decision que se tome sea presente , futura o incluso pasada es "antidemocratica y dictatorial" si no le da la razon.
Vease ERC, HB, y proximamente BNG. Partidos todos ellos clamando contra la falta de democracia que supone el que no tengan mayoria absoluta
Publicado por: Indigena | jueves 15 de diciembre de 2005 a las 8:41
“Yo no voté la Constitución porque no había nacido, así que estoy en mi derecho a revisarla y que se vote de nuevo”.
Como todo sofisma, tiene algo de resbaladizo, es intuitivamente dificil de refutar. Rousseau afirmaba que un conjunto de hombres al instituirse en estado adopta un pacto social, por este contrato estan obligados los ciudadanos. Literalmente, dice:
"Sólo hay una ley que, por su naturaleza, exige el consentimiento unánime: la ley del pacto social, pues la asociación civil es el acto más voluntario de todos. Nacido todo hombre libre y dueño de sí mismo, nadie puede, bajo ningún pretexto, sojuzgarlo sin su consentimiento, (...). Si, en el momento de instituirse, el pacto social encuentra opositores, tal oposición no lo invalida, e implica solamente la exclusión de ellos, que serán considerados como extranjeros entre los ciudadanos.
Una vez instituido el Estado, la residencia es señal implícita de consentimiento: habitar el territorio es someterse a la soberanía. (...)"
Más, se preguntará: ¿Cómo puede un hombre ser libre y estar al mismo tiempo obligado a someterse a una voluntad que no sea la suya? ¿Cómo los opositores son libres y están sometidos a leyes a las cuales no han dado su consentimiento? (...) Respondo que la cuestión está mal planteada. El ciudadano consiente en todas las leyes, aun en aquellas sancionadas a pesar suyo y que le castiguen cuando ose violarlas. La voluntad constante de todos los miembros del Estado es la voluntad general; por ella son ciudadanos y libres. Cuando se propone una ley en las asambleas del pueblo, no se trata precisamente de conocer la opinión de cada uno de sus miembros y de si deben aprobarla o rechazarla, sino de saber si ella está de conformidad con la voluntad general, que es la de todos ellos. "
J.J Rousseau (El Contrato Social)
Publicado por: Alfabeta | jueves 15 de diciembre de 2005 a las 9:49