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jueves 15 de junio de 2006

No es referéndum: es plebiscito

No conviene que nos sigamos engañando. El domingo, en Cataluña, no se vota un referéndum sino bastante más. El sí, el no o la abstención no se refieren a un proyecto estatutario regional sino a un intento de reforma general del Estado por la puerta de atrás.


A los electores catalanes se les propone un sí que consolidará durante unas cuantas décadas más el nacionalismo y el socialismo más nacionalista, encarnado en CiU y en el PSOE y su franquicia catalana y con la fuerza de choque de ERC en el vestíbulo, por si alguien se desmanda.


La casi, casi irreversible labor dinamitadora del secesionismo social y cultural, auténtica losa que pesa sobre la opinión libre de la ciudadanía desde hace 25 años, cobrará nuevos bríos con el triunfo del sí.


El apartheid de todo lo español, desde el idioma hasta los toritos de la Rambla, ha sido una constante sin nuevo estatuto y encontrará en el triunfo del sí renovados argumentos y razones jurídicas para multiplicarse impunemente ante la pasividad de un Gobierno de la nación que está buscado precisamente ese resultado.


Los procedimientos laminadores del conocimiento en el sistema educativo regional afilarán sus aristas más secesionistas para acelerar el relevo generacional de los pocos ciudadanos catalanes que todavía tienen conciencia de los hechos del pasado y de la historia colectiva.


La balcanización, que se ha hecho patente de manera obscena durante esta campaña electoral, simplificará sus procedimientos. El triunfo del sí aligerará la tarea de otorgar títulos de “nacionalidad”. Los “buenos catalanes” quedarán rápidamente alineados frente al enemigo común y la sociedad catalana, impregnada de los mecanismos de segregación ya ensayados en el País Vasco, emprenderá el camino del acoso violento al discrepante.


En cuanto al resto de España, un triunfo aplastante del sí combinado con una participación próxima al 60% volvería irreversible la escisión que provoca el estatuto en materia de soberanía nacional. Con el reconocimiento jurídico de una región con rasgos soberanos, la nación se encontraría dispuesta para el centrifugado final del programa de lavado a que la ha sometido el PSOE de Rodríguez. Siguiente paso, el País Vasco. El programa de Perpiñán y la ruta marcada por Mikel Antza se cumplirían paso a paso.


El triunfo del sí y una alta participación nos convertiría en una nación de naciones. Es decir, dejaríamos de ser una nación. La unidad jurídica frente a la ley desaparecería por el sumidero de las distintas regulaciones “nacionales” y la solidaridad interregional quedaría reducida a los discursos retóricos de los presidentes neonacionales en visita al “extranjero”. O sea, Maragall de gira por Extremadura.


No nos engañemos. El domingo no se vota una reforma estatutaria y aunque solo puedan elegir papeleta los ciudadanos catalanes, todos nos la jugamos en el recuento.

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