El presidente del Gobierno tuvo a bien informarnos de que él se siente muy bien en Cataluña. Lo hizo mientras su partido organizaba un intento de linchamiento contra la oposición. (Ilustración publicada por El Periódico.)
Toca excusarse, estamos en campaña electoral. Pero no nos engañemos. Ni Montilla, ni Mas, ni el resto de políticos etnicistas han pedido perdón por el intento de linchamiento que organizaron los socialistas en Martorell. Si lo quisieran hacer, tendrían que excusarse por los últimos 30 años.
Hay un apartado en esta página que no para de crecer. Se llama Pedagogía del odio. En el se hace un seguimiento (confieso que no tan riguroso como quisiera y como se merecen) de aquellas actuaciones de los nacionalismos que tienen como fin o como consecuencia fijar una diana sobre quienes no piensan como ellos.
Desde las manifestaciones más violentas, al estilo de Oriol Malló, hasta las intervenciones del nacionalismo tío Tom de Montilla y similares, los etnicistas llevan tres décadas fomentando el odio. Para ello se han valido de la educación, de los medios públicos de comunicación y de las subvenciones. Ninguno de esos instrumentos habría existido a lo largo de estos 30 años si no hubiera sido por la Constitución y por los estatutos de autonomía. Los etnicistas abominan de ambas cosas pero se han aprovechado muy bien de ellas. Y no precisamente para aquello a lo que estaban destinadas, sino para generar rencor y para buscar el enfrentamiento.

La pedagogía del odio, brillante expresión que debemos (creo) a Arcadi Espada, es uno de los ejes esenciales de la estrategia nacionalista. Producirse de manera violenta, que no otra cosa es la pedagogía del odio, es requisito indispensable a la hora de inventar un imaginario que pueda justificar injustificadas reivindicaciones. Y existe desde los orígenes mismos de los nacionalismos españoles.
Fue Enric Prat de la Riba, uno de los siniestros y mediocres padres del nacionalismo, quien en su libro emblemático, La nacionalitat catalana, reconoció la necesidad de generar odio en la sociedad como única forma para poder implantar con posterioridad sus “ideas”:
“Era preciso acabar de una vez con esa monstruosa bifurcación de nuestra alma; era preciso saber que éramos catalanes, sentir lo que no éramos para saber exactamente lo que éramos, lo que era Cataluña. Esta tarea no la hizo el amor sino el odio." (La nacionalitat catalana, Edicions 62, Barcelona, 1978)
Los nacionalistas que se esconden tras las siglas del Partido Socialista han ido pasando frente a las cámaras estos días para escenificar sus excusas ante el aquelarre étnico que su partido organizó en Martorell. Pero no nos engañemos. Si quisieran enmendar su comportamiento no se habrían limitado a hablar de Martorell, ni del PP. Se tendrían que haber remontado al momento en que cambiaron su ideología por su afán de poder, asimilando uno por uno todos los tics racistas del nacionalismo pujolista.
No olvidaremos nunca que, antes que Artur Mas, Maragall se convirtió en el hijo preferido del anterior presidente regional, en el verdadero hereu, a partir del momento en que este patoso de la política hizo pública profesión de fe étnica. Y su partido, todo su partido, calló y consintió.
Y siguió callando y consintiendo cuando se sometió a las bajezas éticas y políticas de ERC, una formación minoritaria integrada por racistas confesos a la que ha encumbrado.
Maragall, Montilla, los líderes y todos los militantes del Partido Socialista prosiguieron su humillante silencio durante los años del tripartito, promoviendo y apoyando iniciativas tan próximas al fascismo como las oficinas de control lingüístico de la población, o la imposición de una lengua sobre otra por métodos coercitivos, o como el control de los derechos cívicos a través de la sustracción de historias clínicas, o como la intromisión en la vida privada y en la libertad individual de los ciudadanos por medio del control en el interior de las aulas de los colegios catalanes, o como la subvención con dinero público de todas las iniciativas destinadas a rescribir la Historia para que coincida con sus fines políticos segregacionistas o como el intento permanente de señalar, cercar y segregar al disidente, incluyendo el silenciamiento social y la clausura de medios de comunicación críticos, o como el sinfín de medidas de tinte racista impulsadas por los socialistas desde que llegaron al poder.
Podríamos creernos las declaraciones de los socialistas a cuenta del intento de linchamiento de Martorell si Montilla, en lugar de aparecer balbuceando excusas con la boca pequeña, nos hubiera pedido perdón por lo que su partido ha hecho en los últimos años.
Nos lo hubiéramos creído si hubiera condenado todo lo que él y su compinche de Moncloa han estado haciendo desde marzo de 2004. Si hubiera adquirido un compromiso público de regeneración y limpieza a fondo de sus propias filas. Si nos hubiera jurado que jamás volverán a pactar con partidos racistas.
Si Montilla y el Partido Socialista quieren que creamos sus excusas, lo tienen muy fácil. Basta con que convoquen mañana por la mañana una rueda de prensa y se comprometan públicamente a sentarse con el Partido Popular de manera inmediata y con una fecha concreta para presentar ambos un proyecto de ley orgánica que establezca, en las elecciones legislativas, que no tendrán representación quienes no alcancen un porcentaje mínimo de papeletas en todas las provincias de España.
Ni siquiera es una propuesta pepera. Se trata de una iniciativa salida de las propias filas socialistas, de Rodríguez Ibarra, así que no se les caerían demasiados anillos a esta pandilla de mentirosos compulsivos.
Así de fácil, Montilla, tío Tom. Así de sencillo, Rodríguez, el que se siente bien en Cataluña el mismo día que su partido intenta linchar a la oposición.
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Las ilustraciones proceden de El Periódico, e-noticies, Tribuna Catalana, Unitat Nacional Catalana y Som i serem.
















