El nacionalismo no es republicano, ni está realmente interesado en la persecución del castellano, ni reparte deneis alternativos porque vea en ello una necesidad, ni siquiera es antitaurino.
La guerra lingüística que han desatado los partidos etnicistas en España, su intento de crear una legalidad paralela a base de documentos de identidad que no sirven para nada, el control lingüístico de la población, su obsesión inquisitorial antitaurina o su republicanismo, no son más que instrumentos circunstanciales que les permiten construir su imaginario étnico.
El nacionalismo combate aquellos símbolos, personas, costumbres, lenguas, objetos o ideas que se convierten en arquetipos de la unidad nacional y que, con su mera existencia, prueban que este país lo es desde tiempos inmemoriales.
Hemos asistido en los últimos años a una desaforada campaña de persecución del castellano que tiene el mismo sentido étnico, racial y segregador que las leyes que impedían a los negros en Estados Unidos hasta bien entrados los 60 ocupar los asientos delanteros en los trasportes públicos.
Se trataba allí y aquí de instalar en la vida colectiva (y en la política) principios meramente racistas con los que articular la sociedad. Entre nosotros esas leyes raciales van desde la persecución lingüística hasta la manipulación mediática, pasando por una política de subvenciones basada en la identidad (¿qué es la identidad sino la raza?).
Pero en España las leyes raciales de nacionalistas y socialistas se diferencian de las extintas reglamentaciones raciales norteamericanas en un solo sentido: aquí sirven para construir en el imaginario colectivo la ficción de una patria que existe pero a la que no se deja manifestar libremente, la existencia de una nación reprimida por un país, España, que no sería tal.
Uno de los principales instrumentos para librar esa batalla reside en el ataque constante a cuantos símbolos encarnen la idea de unidad nacional, o prueben que España es la única nación que realmente ha existido y sigue existiendo. Es en este contexto donde se produce el ataque constante a la única lengua que nos une a todos y que nos identifica colectivamente frente al resto del mundo, o el menosprecio a las tradiciones y costumbres más arraigadas, esto es, las que ponen más en evidencia la imagen de unidad sostenida a lo largo de los tiempos.
Las veleidades antitaurinas de los nacionalismos españoles no se sostienen y los hechos prueban la arbitrariedad en la que se fundamentan. No hace falta recordar los nombres de los hooligans de la fiesta en las filas de los nacionalistas etarras y filoetarras, ni es preciso remontarse demasiado en el tiempo para comprobar el arraigo de la tauromaquia en regiones como Cataluña o el País Vasco. Así que cuando los etnicistas arremeten contra la fiesta nacional lo hacen solo por ese adjetivo que despierta sus más bajos instintos, nacional. El nacionalismo ataca el símbolo, no el hecho.
Lo mismo sucede con la Casa Real. Hemos asistido en los últimos años a la feroz campaña republicana de socialistas y nacionalistas. Una campaña amparada en argumentos falaces y del todo gratuitos que se mantiene tan solo por un hecho desolador: la profunda ignorancia de la sociedad que nos ha tocado vivir, su analfabetismo histórico y su nulo rigor intelectual.
Sin embargo en la crítica al Rey, nacionalistas y socialistas desvelan las trampas que emplean en el juego que nos han impuesto (y para el que, por cierto, nadie les eligió). La desgraciada conjunción de partidos y partidillos gobernantes lleva unos cuantos años arremetiendo contra la monarquía por los mismos motivos por los que desprecian la zarzuela, a la que tachan de españolista, o por los que imponen multas lingüísticas: la actual monarquía es uno de los símbolos de la unidad nacional. De hecho es la única institución política que encarna la unidad nacional.
El resto no es más que retórica. Los supuestos argumentos que hablan de monarquía impuesta por el franquismo, o de que al Rey no se le elige en las urnas (¿y a los alcaldes sí? ¿Y a los jueces? ¿Y al presidente del gobierno?), o de que es una institución de otros tiempos, no son solo de una pobreza lamentable. Es que ni siquiera llegan a la categoría de razones. La crítica actual al Rey no sobrepasa el nivel de un programa de cotilleo de Telecinco. Retórica. Y además, barata.
Pero tras ella está lo que está, un ataque más a la idea de nación única de ciudadanos libres e iguales ante una ley elegida por todos, más allá del lugar de nacimiento o residencia. Y que está lo que está y no otra cosa, se aprecia cada día. Basta ver las reacciones al discurso navideño del Rey.
Dice Francisco Jonquera, del BNG, que el mensaje real ofreció “una visión dogmática de la Constitución”. Para Llamazares fue “un texto vacío”. EA acusa a la casa Real de “no comprometerse con la paz”. En Aralar señalan que el mensaje real “no hace mención al diálogo como solución al conflicto que vive Euskal Herria” y en cambio “antepone la unidad de España y la Constitución a la decisión que los ciudadanos de Euskal Herria podamos adoptar”. Pues ni más ni menos. Ahí reside el republicanismo sobrevenido de tanto encapuchado (virtual o no). El Rey es la Constitución, es la nación, la única viable, la que siempre ha sido, es la unidad, es la igualdad. Por lo tanto, es objetivo a batir.
"Reyes inocentes no hacen ningún mal, ni siquiera a los más consumados republicanos. En cambio, hay otros reyes de carne y hueso que pueden ser residuales y ofensivos. Las televisiones y revistas españolas, por ejemplo, nos obsequian con el espectáculo repulsivo y baboso de la pleitesía empapada de casposo nacionalismo español -valga la redundancia- a un rey que viene directamente del franquismo y que no juró la Constitución- y, a los catalanes, doblemente impuesto, por dudoso pedigrí demócrata y por representar una dinastía que intentó aniquilar a los países de habla catalana -y prácticamente lo consiguió-.
“Un monarca que, según publicó el diario Avui, dijo a Pilar Rahola, entonces diputada de ERC, «le he prometido a la cama de muero a mi padre que nunca se rompería España. Y te recuerdo que soy la cabeza de las fuerzas armadas».
“Hace falta decir, en favor del egregio personaje, que esta opinión, típicamente franquista, es compartida por todos los partidos españoles -sean PP o PSOE y por sus filiales o corresponsalías catalanas o, como mínimo, por muchos de aquellos que se declaran «no nacionalistas» (catalanes, claro está; en realidad son nacionalistas españoles) y por los que, en Catalunya, se declaran no soberanistas-.
“Porque, naturalmente, aquello que para algunos es «romper» una sacrosanta y mítica unidad, para otros es liberarse. Y, por si no fuera bastante, muchos recordamos aquella testa coronada afirmando que la lengua española no se ha impuesto nunca- ni en la península ni en América-, y que los catalanes, gallegos o quechuas, de buen grado, empezaron a hablar una lengua superior.
“No hace falta ser historiador para saber que el castellano no solo se ha impuesto por el terror y por la fuerza de las armas y de las leyes, sino que continúa imponiéndose: el partido del gobierno nos acaba de dar excelentes muestras, con el decreto de horas lectivas y el nulo respeto, protección y uso de la lengua catalana, que todavía, al no ser oficial en el Estado, es discriminada. Y mientras esto no se solucione, España no será una democracia. Con reyes o sin." Jaume Fàbrega, El Rei i els Reis.










