Si unos y otros estamos de acuerdo en que el problema reside en un sistema electoral que prima a los partidos nacionalistas, la forma de resolverlo no consiste en lanzarle un flotador a PP y PSOE, sino en abordar de una vez una reforma en profundidad de nuestro sistema político, Constitución incluida.
Desde que Rodríguez llegó a Moncloa y puso patas arriba la nación con sus irresponsables ensoñaciones progresistas, han sido muchos los que han clamado por terceras vías en forma de partidos bisagra o componendas similares destinadas a limitar el poder de los grupúsculos nacionalistas.
El precedente de estas propuestas fue la llamada ‘operación Roca’. El portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados, Miquel Roca i Junyent, uno de los padres de la Constitución, impulsó en 1984 un Partido Reformista Democrático y se presentó a las elecciones generales del 86. A pesar de los pronósticos optimistas y de las expectativas que la tal operación despertó en toda España, el invento se vino abajo tras obtener un pésimo resultado en las urnas: el 0,96% de los votos emitidos. De nada sirvió el prestigio de los promotores de la idea, la afluencia a sus mítines, la repercusión mediática obtenida, el enorme dinero invertido o las palmaditas en la espalda.
Hace unos pocos días, Miquel Roca volvía a la carga en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo defendiendo la necesidad de un proyecto reformista similar, de carácter moderado y con vocación de bisagra.
El análisis que ofreció Roca en su intervención fue muy parecido al que movió a un grupo de intelectuales catalanes a crear Ciudadanos, el partido antinacionalista que obtuvo tres diputados en el parlamento regional catalán. Es también similar al que plantean algunos vascos que comparten militancia cívica en la plataforma Basta Ya.
Ese análisis parte de la constatación de una intoxicación nacionalista que está corrompiendo la democracia española desde el inicio mismo de la transición. A la vista del sistema electoral, que obliga a los dos grandes partidos a pactar con grupitos étnicos para llegar al poder, estas iniciativas se plantean crear una fuerza minoritaria, de carácter nacional e indefinida desde el punto de vista ideológico, que se ofrezca como alternativa a los partidos nacionalistas.
Sin embargo, la ‘operación Roca’ fracasó, está naufragando el proyecto de Ciudadanos y sucederá lo mismo con el partido que pretenden crear Savater y Gorriarán (si es que llega a nacer).
Este tipo de iniciativas se basa en un diagnóstico acertado pero tratado con una medicación, a mi modo de ver, del todo errónea. Los nacionalismos están deteriorando peligrosamente el sistema democrático, pero la alternativa no es crear grupitos tapadera, formaciones que sirvan para remendar las fisuras del sistema, para tapar sus defectos de fabricación. En otras palabras, chapuzas políticas.
Si unos y otros estamos de acuerdo en que el problema reside en un sistema electoral que prima a los partidos nacionalistas, la forma de resolverlo no consiste en lanzarle un flotador a PP y PSOE, sino en abordar de una vez una reforma en profundidad de nuestro sistema político, Constitución incluida. Una reforma que pasa por modificar el procedimiento electoral, pero también la estructura de los partidos, que en nuestro país tienen un aplastante carácter monolítico y escasamente democrático.
El bipartidismo se ha ido consolidado en España. Un bipartidismo que funciona perfectamente en algunas de las naciones más democráticas y prósperas del mundo. El problema es que el nuestro es un bipartidismo imperfecto. Tendemos cada vez más a votar PP o PSOE y la desaparición de formaciones como Izquierda Unida es sólo cuestión de tiempo (cada vez menos). Sin embargo persisten, gracias al sistema electoral, los privilegios para los grupitos minoritarios que se presentan sólo en pequeñas porciones del territorio.
Los intentos de crear nuevos partidos sólo consiguen restarle algunos votos a los dos grandes, pero esas papeletas no sirven para arreglar las cosas. En absoluto contribuyen a resolver el problema de fondo y desde luego no le restan ni un solo apoyo a los principales causantes de la situación actual de España: los partidos nacionalistas.
Los soñadores deberían despertar.

