“Esquerra ha ganado la batalla de las ideas”, proclamaba hace unos días, tan ufano y soberbio como de costumbre, Carod-Rovira en La Vanguardia. Se refería el dirigente de ERC al supuesto auge del independentismo en Cataluña y, como es usual en el etnicismo, construía su discurso sobre un universo de apriorismos infinitos. ¿A esto le están llamando batalla? ¿Y presuponen además que se libra en el terreno de las ideas? ¡Cáspita!
El avance político y mediático del nacionalismo en distintas regiones de nuestro país es un hecho (otra cosa es su avance electoral, que está por ver). Y también es un hecho la transmutación de la izquierda catalana y también la del resto de España al nacionalismo. Pero ni uno ni otro “mérito” corresponde a ERC.
Los nacionalistas han florecido no por méritos propios, porque respondan a una necesidad real o porque la gente en algunos lugares se crea perteneciente a otra nación. En absoluto. Los nacionalistas tienen presencia pública en la España de hoy solo gracias a la generosidad un sistema político nacido con un pecado original: el ingenuo buenismo de los constituyentes y de los protagonistas de la transición.
Todos ellos aceptaron en 1978 la llegada de unos completos desconocidos, unos tipos que habían estado ausentes durante cuarenta años, ocultos en sus ratoneras, cuando no colaborando turbiamente con franquistas y fascistas. Les recibieron con los brazos abiertos y les trataron como a iguales. Y de paso, fingieron creer la versión de los hechos que los desconocidos narraban. Una versión basada en un supuesto extermino generalizado, casi un genocidio.
Contaban los recién llegados que la guerra civil y el franquismo fueron acontecimientos distintos de los que todo el mundo conocía por experiencia propia. Sostenían que desde el 36 hasta el 75 no hubo en España una guerra civil y luego un régimen dictatorial, sino un conflicto bélico entre naciones y la consiguiente represión militar y cultural de los países derrotados.
Los constituyentes y los protagonistas de la transición sonreían con disimulo ante las batallitas de los recién llegados, pero se guardaron las formas porque la consigna del momento era sumar voluntades aunque para ello fuera necesario taparse la nariz. De modo que todos se apretujaron un poco más para dejar espacio a aquellos cuatro estrafalarios que, sobre todo desde el País Vasco y Cataluña, decían representar a mucha gente.
El avance actual del nacionalismo se debe únicamente a la ingenuidad de aquellos días. La Constitución, el sistema electoral y el estado de las autonomías, con su desmedido traspaso de competencias y su correlato económico, conforman los pilares que permitieron crear a los partidos nacionalistas, en primer lugar, redes clientelares y, en una segunda fase, un movimiento político muy similar al partido único del franquismo, el Movimiento Nacional, basado en el férreo control de los medios, la corrupción y el adoctrinamiento. La retórica de la identidad ha sido solo el instrumento, el anzuelo populista, no el motor de este proceso.
En cuanto a la conversión de la izquierda en bloque al nacionalismo más o menos matizado, tampoco aquí cabe ningún mérito a ERC ni a ningún partido etnicista. Ha sido el devenir histórico de la propia izquierda quien ha hecho ese trabajo. O, si se prefiere, en la izquierda estaba el germen de su propia destrucción ideológica. Bastó el colapso escenificado al pie del muro de Berlín para que se hiciera patente la necesidad de un repuesto programático. El socialismo español lo ha encontrado en un sucedáneo: su fragmentación territorial de tinte nacionalista.
En el PSOE la pobreza ideológica terminó convirtiéndose en virtud partidista. Además de asumir todos los ismos aparecidos desde los 70, nuestros socialistas decidieron cambiar ideología por poder, y en ese camino encontraron a un maestro inigualable de nombre Felipe González. Y algo más tarde, para recuperarse del susto que les provocó la constatación de que no siempre iban a gobernar, dieron en recordar su tradición de pactos con los nacionalistas durante la desdichada república.
A falta de ideas propias, buenas son las del contrario, sobre todo si con ello consigues volver al poder y mantenerte en él. Esa es en la actualidad la única idea, que no ideología, que sustenta y mantiene unido al PSOE. Y mérito exclusivamente suyo es el hecho de que en España hoy los nacionalismos gocen de tanta vitalidad. Nada que ver pues con Carod-Rovira y los supuestos méritos que apunta en el haber de ERC.
Esquerra no ha ganado ninguna batalla de las ideas porque en esta tragedia colectiva que algunos nos están escribiendo no hay ideas sino pelea de la peor especie por el poder.
