Las pulsiones más reaccionarias, como el etnicismo nacionalista, afloran en nuestro país únicamente en los momentos de libertad política. Pero cuando vienen mal dadas y hay que dar la cara, el nacionalismo corre a esconderse debajo de la cama.
Son cobardes. Nunca han aparecido para hacer frente a los momentos difíciles, o para luchar contra los tiranos. Su momento siempre ha sido el de la crisis, el de la situación de emergencia nacional.
Tienen un fino olfato para detectar cuando
la ciudadanía tiene problemas y lo pasa mal. Y entonces es cuando lanzan las
coces.
Lógico. Hay que aprovechar el momento. Además,
y sobre todo, la batalla no es la libertad sino la depredación. En tiempos de dificultad
los nacionalismos españoles suelen adoptar una postura unánime: desaparecen.
Vascos, gallegos, catalanes, canarios y tutti
quanti, ¿dónde estaban cuando el caudillo?
Jordi Pujol cantó una canción “patriótica”
en 1960. Y Anasagasti volvió de Venezuela en el 54. Se volvió a marchar en el
65 y no apareció por aquí hasta que, en 1975, Arias Navarro se echo a llorar en
la tele. ¿Más?
"Siempre que España ha vivido breves tiempos de libertad e impulso modernizador ha surgido la estrategia de demolición del Estado alentada por la alternativa de un poder político territorial que se erige en representante único del sentimiento atávico y en el que la lealtad a las reglas de juego generales viene condicionada por los pretextos de singularidades étnicas y culturales." Albert Boadella, Cuando el buen sentido deja paso al disparate.










