Mayor Oreja lleva meses denunciando la coincidencia de intereses
entre el gobierno de la crispación y ETA. Le han llamado de
todo, menos bonito. Y lo han hecho los que están negociando y también los propios.
Zapatero dijo que sus palabras eran “un gran disparate”. Ares, el consejero vasco de Interior, habló de “una indecencia, una irresponsabilidad.” Hernando, el portavoz del PSOE en la Comisión de Interior del Congreso, de “barbaridades, vilezas”. Blanco de llamó “miserable, irresponsable”. Pastor, portavoz del PSE, “enfermo, innoble, antidemocrático”. Y Pajín, “mentiroso”.
Aunque seguramente lo peor no procedía de las filas de la izquierda. Ante sus denuncias y sus análisis sobre las intenciones que el gobierno de Zapatero pudiera albergar, Rajoy se escabulló. Sáenz de Santamaría hizo lo posible por imitarle. Y Cospedal trató de dejarle con el trasero al aire (“No tenemos pruebas fehacientes de que eso se esté produciendo”).
En cuanto al PP en el País Vasco, su presidente, Antonio Basagoiti, ese hombre de lengua tan suelta, especialista en purgas, que acabó con cuantos no hacen reverencias a los nacionalistas del PNV o del PSOE (María San Gil, Santiago Abascal o Regina Otaola), despachó el asunto con su habitual ligereza proclamando que se fía más de Patxi López, el negociador del PSOE con ETA, que de Mayor Oreja:
“Me guío por los hechos. Yo no me fío ni me dejo de fiar de nadie, me guío por lo que veo y por lo que se hace.”
Hoy los populares andan nerviosos, buscando periodistas que recojan sus declaraciones: ¿qué está haciendo el Gobierno? ¿Dónde está De Juana? ¿Dónde Usabiaga? ¿Qué pasa con Iñaki de Rentería? ¿Por qué ya no quedan jerifaltes etarras en las cárceles?
La estupidez es peligrosa incluso en política. Pero mucho peor es la ruindad y la miseria moral.
