Desde el Pacto de San Sebastián de 1939, si no antes, entre la izquierda y los nacionalismos ha existido un acuerdo forjado con el hierro del interés común: la destrucción nacional.
Hoy unos y otros están a punto de conseguirlo. El proyecto de transformación/destrucción de la identidad nacional desarrollado por el PSOE de Zapatero y Rubalcaba ha conocido un notable éxito. Y la secesión se ha normalizado (“normalizado”) en nuestra vida pública hasta tal punto de que elegirla empieza a ser una opción tan común, o casi, como elegir las vacaciones en la playa o en la montaña.
Conocemos perfectamente lo que podemos esperar de la izquierda en relación con los nacionalismos: absoluta complicidad en el mejor de los casos (a menudo me pregunto por qué solo se procesa por colaboración con el nacionalismo armado a los batasunos y no al Partido Socialista de Euskadi). El problema con respecto a la derecha es más complicado. O más simple: la derecha no entiende el nacionalismo. La derecha política, por interés. La derecha sociológica, sus votantes tradicionales, por miedo e inseguridad.
La derecha ingenua y la derecha antipatriota
Desde los análisis de los periodistas más cercanos al PP a los comentarios de los oyentes en las tertulias de radios y televisiones no gubernamentales; desde los molestos mensajitos en pantalla que manchan de insultos a la inteligencia tantos debates televisivos, al libro que acaba de presentar como propio Mariano Rajoy; en todas partes el primer impulso de la derecha ante los nacionalismos adopta una doble respuesta errónea:
- La derecha política se muestra partidaria del diálogo y la tolerancia cerrando los ojos a la experiencia adquirida a lo largo de 30 años de democracia.
- La derecha sociológica se solivianta ante todo lo que proviene de Cataluña o el País Vasco por el mero hecho de su procedencia.
Ambas respuestas, las más comunes desde posiciones conservadoras y liberales, solo sirven para alimentar a la bestia. Porque el feroz rechazo a todo lo vasco o catalán, fruto del miedo y la poca seguridad ante las propias convicciones, es el argumento que mejor utiliza el secesionismo para aparecer como víctima. Pero sobre todo es la mayor traición a la patria de los que se quieren patriotas: no se ataca a los propios. Y en cuanto a las amables concesiones de la derecha política, nunca se han demostrado eficaces.
El PP manda exploradores al territorio enemigo
Rajoy prepara el terreno de su primera legislatura y empieza a hacer guiños a los nacionalistas que él considera moderados. Y de nuevo pone de manifiesto que el Partido Popular sigue sin entender un fenómeno tan genuinamente español como el nacionalismo:
Nunca ha existido un nacionalismo moderado. Los propios nacionalistas de una y otra región reconocen sin complejos que lo suyo es un estado de ánimo disfrazado de reivindicación que atraviesa distintas fases. Los catalanes, por ejemplo, sostienen que están todavía en una fase tranquila, de tira y afloja, y que ahora “no toca” otra cosa. Lo que significa que en posteriores fases, la tranquilidad será sustituida por otros procedimientos. En cuanto a los nacionalistas vascos, ya están en ellos. De ahí que si la represión de los etarras va acompañada de un diálogo con el nacionalismo “moderado”, el problema se eterniza. Dialogar con el supuesto nacionalismo moderado carece de sentido. Pero el PP se empeña en ignorar un hecho tan demostrado por la experiencia.
Las concesiones son inútiles. Si los defensores en la derecha de un entendimiento con los nacionalismos pudieran aportar un caso, una sola ocasión en que una cesión por su parte hubiera servido para algo positivo, valdría la pena seguir intentándolo. Pero ni una sola vez en el pasado ceder ante el nacionalismo ha dado los frutos. Al contrario, solo ha servido para alimentar a la bestia. Porque la esencia política de los nacionalismos es la deslealtad, algo lógico y hasta coherente con su propia (pseudo) ideología ya que su proyecto es exactamente el opuesto al de la derecha: la destrucción nacional.
El trabajo sucio
Ante la inminencia de su llegada al poder, el Partido Popular ha enviado exploradores al territorio enemigo por antonomasia. Alicia Sánchez Camacho y Antonio Basagoiti han hecho bien su trabajo. Sus posibilidades electorales han aumentado a base de tragar algunos sucios sapos servidos por los etnicistas de CiU en un caso, del PSOE vasco en el otro. Pero nunca llegarán al poder por ese camino, como demostrara Alejo Vidal-Quadras. Solo alivian el camino a Moncloa de su jefe de filas.
Para muchos eso es más que suficiente. Para los que ya no confiamos en más siglas que la libertad individual y la propia conciencia, la derecha se ha vuelto a arrodillar. Y se volverá a arrepentir de ello, como se arrepiente hoy Aznar. Solo que será de nuevo demasiado tarde. La bestia habrá crecido otro poco y todos estaremos más colgados del abismo.
La izquierda española se rinde ante los nacionalismos para sustituirlos y asegurarse así el poder perpetuo. La derecha termina arrodillada porque sigue empeñada en desconocer a su enemigo.
¿O finge desconocerlo?
__________________
Más información en:
