Ante las expectativas levantadas por el cambio de gobierno en España, el movimiento provida se mueve desde hace un mes entre el posibilismo y la impaciencia. A la primera opción se acaba de apuntar uno de sus representantes más respetados, Benigno Blanco.
Entre otras cosas, el PP denunciaba en aquel documento, a través de Soraya Sáenz de Santamaría, el fraude de ley que supone el supuesto de la salud de la madre y/o del feto y rechazaba considerar el aborto como un derecho (lo que supone reconocer que existe el derecho a matar).
Benigno Blanco elogia el texto, elaborado hace casi tres años por el PP en la oposición, y considera que constituye la base sobre la que el Gobierno de Mariano Rajoy elaborará su reforma de la ley del aborto.
Blanco sostiene incluso en su artículo que el PP “incluyó en su programa electoral” los puntos mencionados en su voto particular de 2009. Pero nada más lejos de la realidad. La afirmación del presidente del Foro Español de la Familia es, por desgracia, tan solo un recuerdo alterado por el paso optimista del tiempo.
La única mención al aborto que aparecía en el programa electoral con el que el PP concurrió a las elecciones legislativas de 2011 (2 líneas en 214 páginas) era esta:
“Cambiaremos el modelo de la actual regulación sobre el aborto para reforzar la protección del derecho a la vida, así como de las menores.” (Programa del Partido Popular para las Elecciones Generales de 2011, pág. 108)
A pesar de tamaña parquedad, es obvio que buena parte de los partidarios de derogar la ley del aborto y muchos activistas provida españoles han votado al Partido Popular. Es imposible conocer sus motivos. ¿Por sentir honestamente que el mal menor puede ser también el bien posible en las presentes circunstancias? ¿Por valorar otros asuntos, además del aborto? ¿O por pura reacción frente a las atrocidades del período Zapatero?
Poco importan ya los motivos. Ahora es el tiempo de los resultados. Tiempo de exigir al Partido Popular que ponga negro sobre blanco lo que no expresó con suficiente claridad en su programa electoral pero sí dijeron muchos de sus dirigentes. Lo que expresaron con rotundidad algunos de ellos. Lo que defiende la abrumadora mayoría de sus militantes y la mayor parte de sus votantes.
¿Pero qué hacer mientras se sustancian los hechos? Benigno Blanco parece decantarse por la reflexión y el apoyo optimista a un Gobierno que solo sabe hablar de economía y únicamente lleva tres semanas en el poder. Es quizá la posición más sensata.
La más sensata si las primeras tres semanas de gobierno de Mariano Rajoy no nos hubieran traído tanta desazón. Hete aquí que echamos a Zapatero y su destructivo PSOE para encontrarnos con un PP que utiliza su mismo lenguaje.
En sus primeras semanas de actuación, el Gobierno popular se ha sometido a los códigos políticamente correctos del progresismo zapatero; ha nombrado para algunos cargos de especial relevancia (investigación con embriones, víctimas del terrorismo, comunicación) a significados personajes del período zapatero. Y las escasa ocasiones en que no ha hablado de economía, lo ha hecho únicamente de violencia “de género”, asumiendo en una sola frase el lote completo de la tóxica ideología de género.
Quisiera compartir el optimismo del presidente del Foro Español de la Familia con respecto a la derogación del aborto. Pero no se me olvida que cuando conseguimos colarnos en Moncloa durante el primer consejo de ministros del Gobierno popular para recordarle al Ejecutivo su compromiso con la vida, Soraya Sáenz de Santamaría respondió muy rumbosa afirmando que “el PP cumple sus compromisos”… para afirmar a continuación que quieren “reformar la ley del aborto”.
Lo que muchos, y desde luego de manera destacada Benigno Blanco, venimos pidiendo desde hace tanto tiempo no es precisamente una reforma sino la derogación de una legislación que se lleva por delante cada día a 300 seres humanos.
Muchos dirigentes del PP están por la labor. Pero esa intención no termina de cuajar. La presión firme y decidida sobre el Gobierno es hoy fundamental. Y por ello las actitudes complacientes solo sirven para retrasar la solución definitiva de un asunto que nos avergüenza como sociedad y como civilización.


