Al PP de Mariano Rajoy le falta tiempo para apoyar las políticas más conspicuas del zapaterismo. Ahora en la ONU, de la mano de Bibiana Aído y con el aborto. Ayer con EpC. Siempre con su sumisión a los valores de quienes tienen como único objetivo destruir nuestro modelo de sociedad.
“Y volveremos a tener un solo corazón y una alma sola, y la unidad, que hoy no está muerta, sino oprimida, tornará a imponerse, traída por la unánime voluntad de un gran pueblo, ante el cuál nada significa la escasa grey de impíos e indiferentes”.
A pesar de algunos gestos loables, el Gobierno del Partido Popular se está comportando como fiel guardián de las esencias de la izquierda y del pensamiento políticamente correcto del “progresismo”. [Todas las capturas proceden del Boletín Oficial del Estado número 74, sec. III, pág. 25824 y ss, 27.3.12. Pincha sobre ellas para ampliar.]
He leído con tristeza, con el respeto que me merece y con la credibilidad que tiene, el último artículo de Francisco José Alcaraz, Crónica de una decepción, aparecido en Libertad Digital. Un exabrupto, apenas una frase. Eso fue lo único que surgió cuando terminé: “¡Que nadie tenga en la clase política los cojones de dar un paso al frente para encabezar una alternativa!”
Ante las expectativas levantadas por el cambio de gobierno en España, el movimiento provida se mueve desde hace un mes entre el posibilismo y la impaciencia. A la primera opción se acaba de apuntar uno de sus representantes más respetados, Benigno Blanco.
Para quienes preparan la ruptura de España y han puesto en marcha un plan de secesión para las cuatro provincias catalanas en el plazo de tres años, la llegada al poder del Partido Popular supone una ventaja añadida que favorece su objetivo.
La satisfacción que producía escuchar a Rajoy durante su debate de investidura no procedía del contenido de sus palabras, sino de lo raras que sonaban tras siete años de estupidez gubernamental.
Militantes socialistas calientan su 38 congreso federal con una propuesta para democratizar su partido: la elección directa del secretario general. En el PP semejante osadía ni está, ni se la espera.
Forma ya parte de la tradición electoral española: los votos que pierde el PSOE (más de cuatro millones en estas elecciones) no van a parar al PP (apenas sube medio millón). Y esta suerte de axioma demoscópico oculta el secreto de la debilidad electoral del PP.
Agazapada tras la derrota, aguarda su momento una miríada de grupos, grupúsculos, partidos, sindicatos, asociaciones, privilegiados del antiguo régimen zapatero, zánganos del dinero público, fundaciones y plataformas de izquierdas.
Octava legislatura: 11.026.163 ciudadanos votaron a José Luis Rodríguez Zapatero. Vale, era la primera vez. Aceptemos que tenía un pase (que ya es aceptar teniendo en cuenta que careció de discurso hasta la mañana del 11 de marzo de 2004). Supongamos que los ojos, la juventud, los modales novedosos, en fin, que once millones de personas decidieron que aquello era un político de talla capaz de llevar la nación más allá de donde la había dejado José María Aznar. ¡Once millones de personas lo creyeron así!
La dirección del Partido Popular padece el síndrome del doctor Jekyll y míster Hyde. Y como consecuencia, la derecha sociológica española se resiente y padece, padecemos, un trastorno bipolar.
Durante cincuenta años nos han estado engañando. Tal vez no todos, pero sí demasiados. Nos hablaban del estado de derecho, de la fortaleza de la democracia, se les llenaba la boca con rimbombantes frases y aparecían ante los telediarios tras cada muerto como si fueran los protagonistas de una película de John Ford. Pero al final ha prevalecido el gremialismo: entre los etarras y nuestra clase política no hay que pisarse la manguera.
Lo gritan con su habitual falta de decoro los sindicalistas a sueldo. Las Comisiones Obreras de Toxo se insolentan, lo que no constituye noticia: desde la soberbia sindical todo es posible.
Desde el Pacto de San Sebastián de 1939, si no antes, entre la izquierda y los nacionalismos ha existido un acuerdo forjado con el hierro del interés común: la destrucción nacional.
Los nacionalismos españoles, como los ciervos en la berrea, braman en cuanto huelen elecciones. Si son regionales o locales juegan al “y yo más”. Y si son nacionales, a la pura bravata, a ese chantaje propio de los barriobajeros de la Historia que parece haber sido inventado para ellos.
José Bono va a ser el encargado de redactar una declaración institucional para el pleno del Congreso de los Diputados a celebrar esta próxima semana, en la que se recuerden los 75 años del alzamiento del 18 de julio de 1936.
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