La satisfacción que producía escuchar a Rajoy durante su debate de investidura no procedía del contenido de sus palabras, sino de lo raras que sonaban tras siete años de estupidez gubernamental.
Forma ya parte de la tradición electoral española: los votos que pierde el PSOE (más de cuatro millones en estas elecciones) no van a parar al PP (apenas sube medio millón). Y esta suerte de axioma demoscópico oculta el secreto de la debilidad electoral del PP.
Agazapada tras la derrota, aguarda su momento una miríada de grupos, grupúsculos, partidos, sindicatos, asociaciones, privilegiados del antiguo régimen zapatero, zánganos del dinero público, fundaciones y plataformas de izquierdas.
Octava legislatura: 11.026.163 ciudadanos votaron a José Luis Rodríguez Zapatero. Vale, era la primera vez. Aceptemos que tenía un pase (que ya es aceptar teniendo en cuenta que careció de discurso hasta la mañana del 11 de marzo de 2004). Supongamos que los ojos, la juventud, los modales novedosos, en fin, que once millones de personas decidieron que aquello era un político de talla capaz de llevar la nación más allá de donde la había dejado José María Aznar. ¡Once millones de personas lo creyeron así!
Desde hace más de siete años, una de las ocupaciones más recurrentes de este sitio ha consistido en escudriñar lo que hay detrás del discurso oficial del PSOE.
Vivimos una de las secuencias más clásicas y repetidas de la Historia: a vacas flacas, estallido social. Solo que el estallido social va hoy por otro lado y quienes llenan este fin de semana las calles de algunas ciudades no están protagonizando una revolución, como los más pardillos pregonan, sino el inicio de la campaña electoral real del PSOE de Rubalcaba.
“Una laicidad positiva no es anti-religión. No confundamos, por favor. En España se ha producido un incremento cuantitativo y cualitativo de la diversidad religiosa.”
Lo gritan con su habitual falta de decoro los sindicalistas a sueldo. Las Comisiones Obreras de Toxo se insolentan, lo que no constituye noticia: desde la soberbia sindical todo es posible.
Desde el Pacto de San Sebastián de 1939, si no antes, entre la izquierda y los nacionalismos ha existido un acuerdo forjado con el hierro del interés común: la destrucción nacional.
Los nacionalismos españoles, como los ciervos en la berrea, braman en cuanto huelen elecciones. Si son regionales o locales juegan al “y yo más”. Y si son nacionales, a la pura bravata, a ese chantaje propio de los barriobajeros de la Historia que parece haber sido inventado para ellos.
Anoche Telemadrid emitió un documental de trazo grueso y factura no demasiado profesional acerca del asesinato de Calvo Sotelo. Santos Juliá clama hoy desde el periódico socialista El País contra la “lamentable manipulación” de la cadena regional madrileña.
La última vez que el PSOE elaboró un programa electoral sabiendo que iba a perder, España empezó a romperse, la sociedad se dividió, ETA se convirtió en centro de la vida política y se intentaron dinamitar los valores que hasta el momento habíamos compartido todos los ciudadanos.
No puede abrir los ojos porque vería el estado en que ha dejado el patio nacional, así que los cierra y se dedica a soñar. Ahora la izquierda imagina que nunca estuvo aquí y que puede llegar a nuestras vidas como si fuera la primera vez. Y además arreglárnoslas. O así.