En su particular operación “Rescatemos el voto de la derecha para suceder a Mariano”, Alberto Ruiz-Gallardón está buscando con ahínco el voto conservador desde que accedió al Ministerio de Justicia. Pero sin olvidar que también necesita el apoyo de El País. Así que a unos nos da declaraciones y a otros filtraciones.
El mundo de mediados del XX, en cuyo caldo fuimos cultivados, está desapareciendo. Y el modelo que instauró la transición se está hundiendo sin remedio en medio de la indiferencia general. La pregunta ahora es si la hecatombe que viviremos se llevará por delante los pestilentes valores sobre los que hemos construido nuestra vida colectiva.
Al PP de Mariano Rajoy le falta tiempo para apoyar las políticas más conspicuas del zapaterismo. Ahora en la ONU, de la mano de Bibiana Aído y con el aborto. Ayer con EpC. Siempre con su sumisión a los valores de quienes tienen como único objetivo destruir nuestro modelo de sociedad.
Todavía no lo saben, pero los partidos políticos actuales con todos sus dirigentes han entrado en barrena. Y el sistema constitucional español ha colapsado. Rien ne va plus. Tarde o temprano, hasta ellos empezarán a hablar de refundar el país. El problema es que hacerlo de verdad puede costar un grado de violencia insostenible. Y frente a ello, tal vez prefiramos desaparecer por el sumidero.
“Y volveremos a tener un solo corazón y una alma sola, y la unidad, que hoy no está muerta, sino oprimida, tornará a imponerse, traída por la unánime voluntad de un gran pueblo, ante el cuál nada significa la escasa grey de impíos e indiferentes”.
He leído con tristeza, con el respeto que me merece y con la credibilidad que tiene, el último artículo de Francisco José Alcaraz, Crónica de una decepción, aparecido en Libertad Digital. Un exabrupto, apenas una frase. Eso fue lo único que surgió cuando terminé: “¡Que nadie tenga en la clase política los cojones de dar un paso al frente para encabezar una alternativa!”
Ante las expectativas levantadas por el cambio de gobierno en España, el movimiento provida se mueve desde hace un mes entre el posibilismo y la impaciencia. A la primera opción se acaba de apuntar uno de sus representantes más respetados, Benigno Blanco.
La satisfacción que producía escuchar a Rajoy durante su debate de investidura no procedía del contenido de sus palabras, sino de lo raras que sonaban tras siete años de estupidez gubernamental.
Forma ya parte de la tradición electoral española: los votos que pierde el PSOE (más de cuatro millones en estas elecciones) no van a parar al PP (apenas sube medio millón). Y esta suerte de axioma demoscópico oculta el secreto de la debilidad electoral del PP.
Agazapada tras la derrota, aguarda su momento una miríada de grupos, grupúsculos, partidos, sindicatos, asociaciones, privilegiados del antiguo régimen zapatero, zánganos del dinero público, fundaciones y plataformas de izquierdas.
La dirección del Partido Popular padece el síndrome del doctor Jekyll y míster Hyde. Y como consecuencia, la derecha sociológica española se resiente y padece, padecemos, un trastorno bipolar.
Lo gritan con su habitual falta de decoro los sindicalistas a sueldo. Las Comisiones Obreras de Toxo se insolentan, lo que no constituye noticia: desde la soberbia sindical todo es posible.
Desde el Pacto de San Sebastián de 1939, si no antes, entre la izquierda y los nacionalismos ha existido un acuerdo forjado con el hierro del interés común: la destrucción nacional.
"En los domicilios que se encontrasen objetos religiosos serán declarados facciosos sus moradores y en tal carácter serán pasados por las armas". Octubre de 1936. Firmado: CNT y UGT.
José Bono va a ser el encargado de redactar una declaración institucional para el pleno del Congreso de los Diputados a celebrar esta próxima semana, en la que se recuerden los 75 años del alzamiento del 18 de julio de 1936.
Es la última propuesta de quienes están empeñados en repartir carnés de partido en el seno de la Iglesia. La larga mano del PSOE maneja las formulas de división empleadas con éxito en las regiones de iglesias vacías, y lo hace con el objetivo de torpedear la visita del Papa y la Jornada Mundial de la Juventud.
El experimento toca a su fin. El laboratorio de Sol y otras plazas españolas ha dado sus frutos. Ahora llega la hora de convertir un movimiento aparentemente espontáneo en una fuerza política que haga frente a la próxima legislatura del Partido Popular. Esto es lo que va a encontrar Rajoy: así será la nueva izquierda española en los próximos cuatro años.