Todavía no lo saben, pero los partidos políticos actuales con todos sus dirigentes han entrado en barrena. Y el sistema constitucional español ha colapsado. Rien ne va plus. Tarde o temprano, hasta ellos empezarán a hablar de refundar el país. El problema es que hacerlo de verdad puede costar un grado de violencia insostenible. Y frente a ello, tal vez prefiramos desaparecer por el sumidero.
He leído con tristeza, con el respeto que me merece y con la credibilidad que tiene, el último artículo de Francisco José Alcaraz, Crónica de una decepción, aparecido en Libertad Digital. Un exabrupto, apenas una frase. Eso fue lo único que surgió cuando terminé: “¡Que nadie tenga en la clase política los cojones de dar un paso al frente para encabezar una alternativa!”
Militantes socialistas calientan su 38 congreso federal con una propuesta para democratizar su partido: la elección directa del secretario general. En el PP semejante osadía ni está, ni se la espera.
El recelo ante el idealista es directamente proporcional al tiempo que has estado en el siglo XX. “Se ha dicho que de todas las historias de la historia de España, la más triste es la de sus regeneracionistas”, recuerda hoy en un sugerente artículo García de Cortázar.
Un exceso, sin duda. Tengo la dichosa costumbre de forzar los titulares. Pero no me resisto a encabezar así esta breve reflexión, ajena y brillante, sobre la esplendorosa vigencia de los estados nación frente al barullo particularista.
Tal día como hoy, hace 797 años, aragoneses, castellanos, navarros y guipuzcoanos frenaron la ofensiva musulmana que pretendía expulsar completamente a los cristianos de la Península. Una gesta común en busca de una civilización mejor. O sea, nada que ver con nuestros días.
La calle va por un lado y la política y los medios, por otro. También en este asunto. Parece que toda la España oficial rechaza la letra propuesta para el himno. No saben de qué hablan, como suele ser habitual.
"¿Qué es ser español? ¿Entienden los españoles realmente quiénes son? La experiencia nos enseña que muchos de los que insisten en la importancia de «ser español» están usando la palabra «español» de una manera que es, a la vez, conflictiva y exclusiva."
Cosas que suceden cuando las “naciones” no son más que morralla retórica: el futuro de la “nación” catalana pasa, al parecer, por una hora más o menos de castellano en las aulas.
"Que los dos grandes partidos nacionales lleguen al acuerdo y al convencimiento de que la única forma de arreglar este desaguisado es rectificando a los padres constituyentes, procediendo a la reforma total del Título VIII de la Constitución y, previamente, de la ley electoral, porque sólo así se podrá evitar el abismo al que nos acercamos."
¿Pero no tocaba bajar las persianas nacionales para sustituirlas por verjas estatales? ¿No habían ustedes quedado en que no somos nación sino un mero armazón administrativo sin rasgos nacionales comunes?
Nos llevan a un nuevo Estado. Han impuesto su segunda transición. Al dinamitar el estado de las autonomías han abierto la Constitución. Se acabaron pues las medias tintas, los centrismos equívocos y la muy mal entendida moderación.
Los actuales dirigentes del PSOE han decidido cambiar de bando y, por primera vez desde el inicio de la transición, han decretado que el enemigo del sistema democrático que entre todos sostenemos no son los que quieren destruirlo sino quienes nos oponemos a ello.
Solo hay una forma de progresar, de avanzar, de alcanzar nuevas metas y mejores condiciones de vida. Es una fórmula fácil y conocida, que ha demostrado muchas veces su eficacia.
La bandera española no me produce una especial emoción. Ni la española ni ninguna otra. Y eso no me plantea ningún problema. No necesito ampararme en banderas para saber quién soy. El problema es otro. El problema es que cuanto más ladran los nacionalistas, más me apetece verla por ahí. Y hoy me he dado un atracón.
Hay cada día más palabras tótem. En España, muchísimas. Pero no todas quieren decir lo que representan. Y muchas ocultan intenciones poco presentables.
Pertenezco al “facio”. Sigo las consignas de la brunete mediática. Incluso participo en su elaboración. Me manipula el PP. Soy un reaccionario que odia a los catalanes y desearía ver arrasado el País Vasco. Echo de menos los tanques en la calle y los discursos del Caudillo. O sea, estuve en la manifestación de Sol.